Rikpik es hijo y discípulo de la calle. En ella fue parido. Ahí vive y mora. Tiene una muy particular perspectiva sobre su existencia. Discurre y obra siempre acorde a sus principios perceptivos y olfativos. En esencia, se trata de un ser sui géneris. Imprevisible.
•
En uno de sus raptos de inspiración, de un solo salto traspuso la tapia que circunda el jardín de una suntuosa mansión. Rikpik tiene hambre. Y cuando ese hueco feral muerde su barriga todo lo demás carece de importancia. Posee una conciencia suficientemente dúctil para no alojar miedos ni remordimientos.
Echó una mirada panorámica para abarcar el inmenso parterre donde se encontraba. Entre los múltiples “senderos que se bifurcan”, vio unas matas tupidas. Y, como su corpachón también traía un calor insoportable, antes que nada le provocó refrescarse. Sin más trámites, se tendió bajo espesura de las frondas.
De súbito, presintió que alguien se acercaba. No se equivocó. Una niña como de seis años se aproximó con curiosidad. Se detuvo, perpleja. Estrechó a su muñeca con todas sus fuerzas. La defenderla de todo peligro. Después de unos segundos de vacilación, la pequeña preguntó.
– ¿De quién son esas piernas?
Rikpik sopesó la capacidad de riesgo que representaba la minúscula intrusa. Luego de un silencio, empleó su sabiduría callejera. Tomar la iniciativa. Al igual que en las peleas, el golpe madrugador define la victoria. Ese era su lema fundamental.
– ¿Y se puede saber quién eres tú?
– ¿Esas piernitas peludas son tuyas?
– Claro, de quién más van a ser.
– ¿Y que haces aquí?
– ¿Yo?... pues, acordarme de mi abuela.
– ¿De tu abuelita? ¿Y dónde está tu abuelita?
– Dónde ha de estar, pues. En su palacio.
– ¿Y por qué estás echado ahí?
– ¿No te has dado cuenta que estoy muy cansado?
– ¿Sí? ¿Te duelen las piernecitas?
– Vaya que me duelen. Estoy rendido.
En el enorme azul de los ojos de la pequeña se vislumbró una hermosa compasión. Pero, de inmediato, recordó las instrucciones de su mamá. No podía hablar con nadie sin haber sido presentada. Observando la mayor cortesía le extendió la mano:
– Permítame que me presente. Mi nombre es Úrsula, mucho gusto.
La enorme y callosa mano de Rikpik devoró en un puñado esa delicada manecita.
– Ahora deseo presentarte a mi hijita. Se llama Titina – le acercó su muñeca– No le tengas miedo, ella no es de carne…
– ¿De veras? ¿Estás segura?
– Mírala, pobrecita. Titina tiene una herida en su bracito. Si quieres jugar al médico puedes curarla…
– Dámela, vamos a ver qué tratamiento le damos.
Rikpik fingió examinar a la muñeca. Pero, en realidad, estaba acechando de reojo a la pequeña Úrsula. No. No llevaba ni pulsera, ni aretes, ni prendedores. Sus zapatos y sus botitas lucían nuevas. Pero no valían gran cosa.
•
Se escucharon algunas voces a la distancia. Rikpik soltó la muñeca y con cierta inquietud miró hacia la casa:
– ¿Quién anda por ahí?
– No es aquí. Es en la casa del vecino. Mi papá y mi mamá se han ido de visita.
– ¿Sí? ¿Y tu niñera?
– Ella me ha dicho que me porte bien, que no demora en regresar. Es que tenía que hablar con su militar.
– ¿Qué militar?
– El suyo.
– ¿Su novio? ¿un policía?
– ¡No, no, su militar!
La niña quedó un momento en silencio. Luego, imitando los atildados modales de los mayores, comentó.
– Mi mamá se alegrará un horror de conocerte… La esperarás, ¿verdad?
– Veremos…
– ¿Por qué no jugamos algo mientras llega?
– Y a qué hora llegará
– Bueno… creo que a las seis o siete. Mientras tanto ¿le gustaría jugar conmigo? Podemos jugar al escondite, a los ladrones y policías, a la comidita…
– ¡Sí, la comida! ¡Ese juego sí me gusta!
– Claro que sí. Las señoras educadas deben servirle algún manjar a sus invitados.
Qué bien le cayó la palabra manjar a Rikpik. Los jugos gástricos comenzaron a ejercer su función a toda mecha.
– Ven, acompáñame…
Y la chica lo llevó de la mano hasta una cabañita, junto al muro que colindaba con la calle. Un solo ambiente, dispuesto como un rústico comedor. Lo hizo sentarse a la mesa, le puso cubiertos, servilletas y un plato vacío.
– Sírvete con confianza, amigo mío…
Luego Úrsula tomó asiento al frente de él. Muy atildada, apoyó la mejilla en su manita, para continuar con la cháchara:
– Sabrás perdonarme, pero estas cocineras son una calamidad. Si notas que la carne se ha quemado tendré que echar a esa inútil.
Al comprobar que el invitado se quedaba inmóvil mirando el plato, Úrsula reclamó:
– ¡Pero es que no sabes jugar! Tú deberías responderme: «Pero señora, si la carne está exquisita, no se preocupe».
– Aquí no veo ninguna carne con papitas…
– Y eso qué importa, sonso… ¿acaso no estamos jugando?
– ¡Ah, no, yo no acostumbro jugar así! Mis amiguitas siempre me sirven algo exquisito. Algo de verdad…que se pueda masticar.
– Ah, bueno… Veré qué hay en la alacena. Voy a buscar.
Úrsula pensaba que este hombre era muy raro. De seguro nunca le habían enseñado a jugar como los niños. Arrastró su silla hasta la alacena, se empinó sobre el asiento y dio una mirada.
– Lo siento mucho, amigo. No hay ningún dulce. Ni chocolates ni pastelitos. Solo una empanada, un pollo, un tamal. También hay huevos duros y algunos panes. Nada rico.
– No importa, a falta de otra cosa todo viene bien. La chica sirvió todo en una fuente y la puso al centro de la mesa.
– Sírvase con confianza. No gaste ceremonias, y si encuentra algo que…
Ante la atónita mirada de la chiquilla, Rikpik, con voracidad de oso hambriento, dio cuenta de todo. No dejó ni la grasa. Porque hasta lambrusqueó el plato. Lo dejó como recién lavado. Úrsula, volvió a interpretar su papel de anfitriona:
– ¿Ha quedado usted satisfecho, buen amigo?
– Bueno, más o menos. Dime, señora: ¿habría algo de beber?
– Ah… ahora tiene sed. No, no hay refrescos. Si desea te puedo traer un vaso de agua… Pero antes, permítame que le limpie su boquita, está llena de grasa y con pedacitos de comida.
Con toda la delicadeza del mundo, la niña tomó una servilleta y procedió a limpiarle la boca, casi con ternura.
– Listo, ahora veré si encuentro algo para tu sed.
La chica abrió la puerta de una alacena y sacó una botella de whisky.
– Qué pena, solo hay licor, no creo que esto le calme la sed.
– Venga la botella, a mí todo me quita la sed.
Rikpik colmó la copa hasta el rebalse y de un solo trago se zampó el íntegro del escocés. Exhaló un ventarrón inmoderado. Descerrajó a bocajarro un estruendoso eructo. Con el adecuado disimulo que otorga la educación, Úrsula no dio señal de incomodidad alguna. Pero ahí no quedó el asunto, Rikpik, cogiendo, una vez más la botella, le dijo:
– Con el permiso de usted, señora, voy a echarme otra copita
Úrsula se reafirmó en su idea. Este señor no sabe las reglas del juego de las visitas. Supuso que lo indicado sería irle enseñando de a pocos.
– ¿No sabes jugar? Mira, tú deberías esperar a que yo te invite: «¿Desea otra copita? No se niegue, por favor. Estamos en confianza. Mientras que usted calma su sed, voy a servirle otra exquisitez…»
Cuando la niña fue a buscar un plato adicional, Rikpik se embuchó la copa y de paso se birló el tenedor y el cuchillo. Buen ojo, eran de plata maciza.
•
– Oye amigo, quizás quieres jugar a otra cosa más entretenida.
– ¿A qué?
– ¡ A los ladrones ¡
Con esta propuesta se le cortó el aliento a Rikpik. Parece que esta enana me ha descubierto, presintió. Semejante juego con una niñita sería una profanación a la dignidad de su oficio.
– ¿Y cómo se juega a eso?
– Facilito. Tú serás el ladrón. Cuando me ataques te gritaré, Llévate el dinero y las alhajas, pero por caridad no mates a Titina.
– ¿A qué Titina?
– A mi hijita, mi muñeca, pues…
– Bueno, bueno. Escóndete. Pero antes tienes que ponerte una sortija y un prendedor. Cualquier joyita…
– ¿Para qué?
– ¡Cómo! ¿No ves que soy el ladrón? Para quitártelos.
– No seas así. Aunque yo no tenga nada tú haces como que me los quitas.
– No, yo no puedo jugar así.
– ¡Jesús, que tonto eres! Bueno, espera un ratito. Voy al cuarto de mi mamá para sacar las joyas.
– Si hay unos aretes también te los pones.
– Puede ser, ya vengo. Pero… quizás, amigo mío, desearías que te sirva algo más…
– No. Ya estoy repleto. He tragado como un animal.
– ¡Por Dios! Deberías contestar, Le agradezco infinitamente, pero me encuentro más que satisfecho.
Úrsula fue a buscar los objetos para el juego del ladrón. Mientras caminaba hacia la casa, en voz baja le susurró a su muñeca:
– Ay, Titina, qué señor más extraño. Espero que cuando crezcas no sigas su mal ejemplo.
•
Pasó un tiempo. Fue un mediodía de un día cualquiera. Rikpik pasó cerca a un parque. Le provocó derrumbarse bajo de un árbol. Una siestita no le vendría nada mal. Y lo hizo tal como lo pensó. Quedó dormido como roca.
Al abrir los ojos, el lugar estaba lleno de niños, acompañados de sus amas con uniformes impecables. Rikpic había dormido casi cuatro horas. Aturdido, miró el ambiente. Se rascó la pelambrera, sacudiéndose la grama seca. No muy lejos, vio a una niñera absorta en la lectura de una revista. Algunos pasos más allá dos niñitas, como de tres o cuatro años, jugaban con unas bolitas de colores. Sobre el césped, yacía una linda muñeca, Era más grande que las niñas. Reptó con sigilo, hasta apercollar la gran muñeca. Luego, con toda tranquilidad del mundo, Rikpik se hizo humo. Nadie lo vio.
Esa misma tarde, cuando el crepúsculo dominaba el cielo, Rikpik escribió en un enorme papel:
«Señorita Úrsula, te regalo como recuerdo mío esta muñequita para que juegue con tu hijita, la Titina. Te recordaré siempre con mucho cariño y si me he llevado algunas cositas, de tu casa, por favor perdóname. Las necesitaba. Que seas muy feliz. Tu amigo, El Ladrón».
Fijó el papel con un imperdible en la faldita de la muñeca. Y, con sumo cuidado, la deslizó por encima del muro que flanquea el jardín de Úrsula.
Ω
miércoles, 28 de abril de 2010
martes, 20 de abril de 2010
MANITAS
Cinco y media de una mañana que congelaba hasta el tuétano. Y eso qué diantre le importa a Ponciano. A quien madruga… se dice. Y salta del catre como un resorte. Tiene que ser muy puntual. En su trabajo esa es la llave de oro. Además, repitiendo su letanía, a quien madruga. Su mujer se rasquetea la panza, se refriega los ojos. Le pregunta, ¿Ya te despertaste? Ponciano contesta, No, acaso no ves que sigo durmiendo.
El hombre se lava la cara como gato. Se arropa. Baja un botellón de la repisa y sirve medio copón con aguardiente de caña, ese que patea como mula. Para él es como agua. Se embute un bizcocho con un café. Vuelta a llenar el copón, y adentro con la segunda, se dice. Y sale a la calle como un rayo.
En la esquina está el paradero del ómnibus con la infalible multitud de sufridos esperadores. Al fin llega el transporte. Todos pugnan por treparse. En un tris se repleta el carromato, se aglomeran como pueden. Ponciano sonríe, hoy comienza bien el día, piensa. Veinte minutos con un tráfico endemoniado. El ómnibus se detiene. Ponciano se abre camino a codazos y se apea en el paradero de la Plaza de La Libertad. Camina por la calle con premura. Llega al paradero del tranvía. Lo coge al vuelo y se mete en la masa humana que desborda el vagón. Treintaicinco minutos sobre rieles. Ponciano, baja del tranvía. A toda carrera llega a la estación del metro. Otro viajecito incrustado en la pelota de pasajeros. Baja y toma un microbús. Y luego otro y otro… hasta que termina la hora punta
Sudoroso y fatigado, Ponciano entra a una taberna. Consume una jarra de cerveza y una salchicha. Luego, a paso cansino, regresa a su casa. Hola gorda, le dice a su mujer. Y cómo te fue hoy, Ponci, lo interroga. Por toda respuesta, el hombre hurga, uno por uno, los bolsillos de su abrigo, saco y pantalón. Con indiferente parsimonia va depositando en la mesa, pulseras, relojes, billeteras, collares, monedas. Como verás, Lola, nada mal, la cosecha ha sido abundante. Ay, que regio, entonces me voy a que me peinen, me maquillen, chilló Lola goteándose de felicidad, y en la nochecita podemos ir al casino y de allí me llevas a comer a un buen restorán. Ponciano, sonrió satisfecho, Claro que sí caramelito mío, lo que tú quieras.
Y de pronto, Ponciano soltó una estentórea carcajada. De qué te ríes, cuál es la gracia, ella le preguntó intrigada. Nada, nada…, le dijo él, tratando de contener sus hipadas de risa. Solo me estoy acordando de la profesora de mi escuelita. Como yo acostumbraba tener las manos en mis bolsillos y ella me reñía diciéndome: «Tú deberías llamarte Manitas, ¡Las manos en los bolsillos! ¡Las manos siempre en los bolsillos! ¡Jamás conseguirás nada en la vida con las manos siempre en los bolsillos! ¡Nada!»
Ω
El hombre se lava la cara como gato. Se arropa. Baja un botellón de la repisa y sirve medio copón con aguardiente de caña, ese que patea como mula. Para él es como agua. Se embute un bizcocho con un café. Vuelta a llenar el copón, y adentro con la segunda, se dice. Y sale a la calle como un rayo.
En la esquina está el paradero del ómnibus con la infalible multitud de sufridos esperadores. Al fin llega el transporte. Todos pugnan por treparse. En un tris se repleta el carromato, se aglomeran como pueden. Ponciano sonríe, hoy comienza bien el día, piensa. Veinte minutos con un tráfico endemoniado. El ómnibus se detiene. Ponciano se abre camino a codazos y se apea en el paradero de la Plaza de La Libertad. Camina por la calle con premura. Llega al paradero del tranvía. Lo coge al vuelo y se mete en la masa humana que desborda el vagón. Treintaicinco minutos sobre rieles. Ponciano, baja del tranvía. A toda carrera llega a la estación del metro. Otro viajecito incrustado en la pelota de pasajeros. Baja y toma un microbús. Y luego otro y otro… hasta que termina la hora punta
Sudoroso y fatigado, Ponciano entra a una taberna. Consume una jarra de cerveza y una salchicha. Luego, a paso cansino, regresa a su casa. Hola gorda, le dice a su mujer. Y cómo te fue hoy, Ponci, lo interroga. Por toda respuesta, el hombre hurga, uno por uno, los bolsillos de su abrigo, saco y pantalón. Con indiferente parsimonia va depositando en la mesa, pulseras, relojes, billeteras, collares, monedas. Como verás, Lola, nada mal, la cosecha ha sido abundante. Ay, que regio, entonces me voy a que me peinen, me maquillen, chilló Lola goteándose de felicidad, y en la nochecita podemos ir al casino y de allí me llevas a comer a un buen restorán. Ponciano, sonrió satisfecho, Claro que sí caramelito mío, lo que tú quieras.
Y de pronto, Ponciano soltó una estentórea carcajada. De qué te ríes, cuál es la gracia, ella le preguntó intrigada. Nada, nada…, le dijo él, tratando de contener sus hipadas de risa. Solo me estoy acordando de la profesora de mi escuelita. Como yo acostumbraba tener las manos en mis bolsillos y ella me reñía diciéndome: «Tú deberías llamarte Manitas, ¡Las manos en los bolsillos! ¡Las manos siempre en los bolsillos! ¡Jamás conseguirás nada en la vida con las manos siempre en los bolsillos! ¡Nada!»
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sábado, 17 de abril de 2010
EL SUDATINTA
La gotita azul cayó. Estampó una minúscula estrellita sobre la hoja blanca. ¿Acaso era la tinta conque él escribía? Claro, eso no tendría nada de extraño.
Sus cuadernos, sus papeles, sus manos, su ropa, siempre estaban emborronados con esa misma tinta porque le encantaba escribir con la vieja pluma fuente de nuestro abuelo: una deteriorada ‘Parker “51” Superchrome’ con tapa de oro.
Escribía sin cansancio desconcertantes ficciones y hasta se alzó un par de premiazos, uno en España y otro en Cuba. Talentoso el broder, sí señor.
Mientras tanto, yo, desempleado inútil, vivo eternamente con las faltriqueras desnutridas.
Pero, pasado un tiempito, en otra oportunidad según me dijo el broder, la mentada gotita azul no había sido escupida por el punto de la pluma de oro. Dice que le brotó por los poros de la frente. Muerto de la risa me lo cuenta como la cosa más natural.
Hermanito, ¿qué te parece? ¡ sudo tinta ! Cómo no voy a sudar tinta si escribir es un trabajo de esclavo. No te preocupes, es posible que el relente de la noche mezclado con la tinta se me haya metido al cuerpo y yo la he sudado, pues.
Pero este fenómeno se repitió hasta tres veces en la misma semana, una de las cuales yo fui testigo ocular, como suelen decir en los periódicos.
Oye, ni se te ocurra contarle nada de esto a mi mamá. ¡Nada! Ya sabes lo nerviosa que es la vieja. Si se entera de esto le viene uno de esos patatuses que la descoyuntan....
De acuerdo, loco, soy tumba. Aunque sería mejor que comiences a escribir en la computadora
Ni me la nombres, coño.
De nada sirvió mi cómplice encubrimiento. Pocos días después, sus propias sábanas delatoras lo evidenciaron. El sudatinta ni cuenta se dio. Nuestra madre, al tender su cama, percibió en la tela blanca una constelación de corpúsculos azules.
Lo que pasa, mami, es que estaba escribiendo y me quedé dormido. Ese lapicero ha hecho de las suyas. Creo que la pluma del viejo está embrujada. Fíjate que con solo apoyarla sobre el papel la bandida se desliza como la copita de la ouija.
Adefesiero, le dijo mi vieja, carcajeándose.
Pasaron unos días.
Ocurrió en pleno almuerzo casero. De súbito, la frente del broder se perló íntegramente con los benditos puntitos azules. Mi madre pegó un alarido gutural. Estaba espantada. Entonces, se desbarrancó sobre el teléfono y consiguió cita en la clínica. Por supuesto, yo también fui con ellos. Transpirar tinta. Solo al broder puede ocurrírsele tamaño despropósito.
En la consulta, el doctor no dijo nada en limpio. Eso sí, lo atosigaron con inyectables, pastillitas y otros potingues. Luego, durante varios días, recorrió todos los consultorios dejando por todas partes su indeleble rastro azul. Aun así, ningún médico se tragaba lo del sudor hecho tinta. Un joven dermatólogo dijo algo sensato:
Si vuelve a ocurrir, tómele una muestra de la tinta... digo, de ese flujo azul. Le voy a dar un frasquito esterilizado. Un análisis nos sacará de dudas.
Una madrugada invernal, entresueños, presentí que alguien estaba al lado de mi cama. Encendí la lamparita y en efecto era el broder convertido en un auténtico calamar en su tinta azul.
Voy a buscar el frasquito para tomar la muestra. Siéntate, oye. Espera tranquilo...
Cinco de la mañana. Llegó la ambulancia y lo embutieron en uno de esos sacos impermeables para los interfectos, como suelen llamarlos en las crónicas policiales.
º º º
El broder seguía, sin parar, transpirando chorros de su peculiar sudor. En las próximas semanas, en forma inversamente proporcional al líquido que soltaba su cuerpo, iba perdiendo peso y estatura.
Durante este proceso de licuefacción, los médicos esgrimían variopintas y contradictorias opiniones. Que diaforesis o hiperdrosis. Que síndrome de secreción morbosa de humores acumulados por alguna intensa estimulación emocional. Que era consecuencia del consumo de antipiréticos, cafeína, morfina. Que probablemente por la ingestión de antisicóticos, simpatomiméticos... En fin, vaya usted a saber qué querrían decir con tanta jerga. Lo cierto, era que el flaco no tenía otra adicción que no fuese la de escribir, eso me constaba. O sea que las especulaciones médicas no pasaban de ser eso, pura y llana palabrería.
Durante el tiempo que duró este extraño caso las diligentes enfermeras de turno, día y noche, no paraban de achicar el líquido que inundaba cada vez más rápido la tina de plástico, donde yacía inconsciente lo que quedaba del enano broder. Sin embargo, se resistía a morir. Vivía, claro, pero en el cuerpo de un niño como de seis años. Algo inconcebible.
El broder, hecho tinta en su integridad, fue trasegado en enormes frascos. Solo eso quedaba de su otrora imponente corpachón.
•••
Hoy por la tarde, los rayos del sol poniente que se cuelan por entre las persianas del cuarto, el cristal de los recipientes de líquido azul que reverbera con esplendorosos destellos tornasolados.
Oscurece. Este caso clínico, indiscutiblemente trascenderá. Además, lo he venido escribiendo con la misma Parker “51” Superchrome del abuelo. Pero sobre todo, pasará a la inmortalidad porque está escrita con el exótico líquido azul que he birlado de a pocos. Lo extraño es que a lo largo de este escrito, la vieja pluma no ha chorreado ni una sola gotita del líquido.
Finalmente, saldré de la casta de los miserables. Ya estoy viéndome en la puja de la casa Christie’s o Sotheby’s.
» ¿Quién da más por este manuscrito de auténtico sudor azul? «
El broder esta por siempre
inmerso en su silenciosa tinta
Mas su espíritu de Fénix
remonto el vuelo al Parnaso
sin mojar una sola de sus plumas.
torintar
● ● ●
Sus cuadernos, sus papeles, sus manos, su ropa, siempre estaban emborronados con esa misma tinta porque le encantaba escribir con la vieja pluma fuente de nuestro abuelo: una deteriorada ‘Parker “51” Superchrome’ con tapa de oro.
Escribía sin cansancio desconcertantes ficciones y hasta se alzó un par de premiazos, uno en España y otro en Cuba. Talentoso el broder, sí señor.
Mientras tanto, yo, desempleado inútil, vivo eternamente con las faltriqueras desnutridas.
Pero, pasado un tiempito, en otra oportunidad según me dijo el broder, la mentada gotita azul no había sido escupida por el punto de la pluma de oro. Dice que le brotó por los poros de la frente. Muerto de la risa me lo cuenta como la cosa más natural.
Hermanito, ¿qué te parece? ¡ sudo tinta ! Cómo no voy a sudar tinta si escribir es un trabajo de esclavo. No te preocupes, es posible que el relente de la noche mezclado con la tinta se me haya metido al cuerpo y yo la he sudado, pues.
Pero este fenómeno se repitió hasta tres veces en la misma semana, una de las cuales yo fui testigo ocular, como suelen decir en los periódicos.
Oye, ni se te ocurra contarle nada de esto a mi mamá. ¡Nada! Ya sabes lo nerviosa que es la vieja. Si se entera de esto le viene uno de esos patatuses que la descoyuntan....
De acuerdo, loco, soy tumba. Aunque sería mejor que comiences a escribir en la computadora
Ni me la nombres, coño.
De nada sirvió mi cómplice encubrimiento. Pocos días después, sus propias sábanas delatoras lo evidenciaron. El sudatinta ni cuenta se dio. Nuestra madre, al tender su cama, percibió en la tela blanca una constelación de corpúsculos azules.
Lo que pasa, mami, es que estaba escribiendo y me quedé dormido. Ese lapicero ha hecho de las suyas. Creo que la pluma del viejo está embrujada. Fíjate que con solo apoyarla sobre el papel la bandida se desliza como la copita de la ouija.
Adefesiero, le dijo mi vieja, carcajeándose.
Pasaron unos días.
Ocurrió en pleno almuerzo casero. De súbito, la frente del broder se perló íntegramente con los benditos puntitos azules. Mi madre pegó un alarido gutural. Estaba espantada. Entonces, se desbarrancó sobre el teléfono y consiguió cita en la clínica. Por supuesto, yo también fui con ellos. Transpirar tinta. Solo al broder puede ocurrírsele tamaño despropósito.
En la consulta, el doctor no dijo nada en limpio. Eso sí, lo atosigaron con inyectables, pastillitas y otros potingues. Luego, durante varios días, recorrió todos los consultorios dejando por todas partes su indeleble rastro azul. Aun así, ningún médico se tragaba lo del sudor hecho tinta. Un joven dermatólogo dijo algo sensato:
Si vuelve a ocurrir, tómele una muestra de la tinta... digo, de ese flujo azul. Le voy a dar un frasquito esterilizado. Un análisis nos sacará de dudas.
Una madrugada invernal, entresueños, presentí que alguien estaba al lado de mi cama. Encendí la lamparita y en efecto era el broder convertido en un auténtico calamar en su tinta azul.
Voy a buscar el frasquito para tomar la muestra. Siéntate, oye. Espera tranquilo...
Cinco de la mañana. Llegó la ambulancia y lo embutieron en uno de esos sacos impermeables para los interfectos, como suelen llamarlos en las crónicas policiales.
º º º
El broder seguía, sin parar, transpirando chorros de su peculiar sudor. En las próximas semanas, en forma inversamente proporcional al líquido que soltaba su cuerpo, iba perdiendo peso y estatura.
Durante este proceso de licuefacción, los médicos esgrimían variopintas y contradictorias opiniones. Que diaforesis o hiperdrosis. Que síndrome de secreción morbosa de humores acumulados por alguna intensa estimulación emocional. Que era consecuencia del consumo de antipiréticos, cafeína, morfina. Que probablemente por la ingestión de antisicóticos, simpatomiméticos... En fin, vaya usted a saber qué querrían decir con tanta jerga. Lo cierto, era que el flaco no tenía otra adicción que no fuese la de escribir, eso me constaba. O sea que las especulaciones médicas no pasaban de ser eso, pura y llana palabrería.
Durante el tiempo que duró este extraño caso las diligentes enfermeras de turno, día y noche, no paraban de achicar el líquido que inundaba cada vez más rápido la tina de plástico, donde yacía inconsciente lo que quedaba del enano broder. Sin embargo, se resistía a morir. Vivía, claro, pero en el cuerpo de un niño como de seis años. Algo inconcebible.
El broder, hecho tinta en su integridad, fue trasegado en enormes frascos. Solo eso quedaba de su otrora imponente corpachón.
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Hoy por la tarde, los rayos del sol poniente que se cuelan por entre las persianas del cuarto, el cristal de los recipientes de líquido azul que reverbera con esplendorosos destellos tornasolados.
Oscurece. Este caso clínico, indiscutiblemente trascenderá. Además, lo he venido escribiendo con la misma Parker “51” Superchrome del abuelo. Pero sobre todo, pasará a la inmortalidad porque está escrita con el exótico líquido azul que he birlado de a pocos. Lo extraño es que a lo largo de este escrito, la vieja pluma no ha chorreado ni una sola gotita del líquido.
Finalmente, saldré de la casta de los miserables. Ya estoy viéndome en la puja de la casa Christie’s o Sotheby’s.
» ¿Quién da más por este manuscrito de auténtico sudor azul? «
El broder esta por siempre
inmerso en su silenciosa tinta
Mas su espíritu de Fénix
remonto el vuelo al Parnaso
sin mojar una sola de sus plumas.
torintar
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jueves, 15 de abril de 2010
PASEANDO POR EL PARQUE
Salí temprano del trabajo. La tardecita estaba muy bruja y aproveché para llevar de paseo a Warmi. Llegamos al parque. Como no podía ser de otra manera, mi perrita se puso a olfatear algún tesoro perruno en el césped. Estaba ejerciendo su derecho canino. La dejé estar a su entero placer. Warmi y yo nos situamos a la espalda de una banca donde platicaban dos ancianos. Mínimo, 80 años por cabeza. No, no acostumbro escuchar conversaciones ajenas. Pero en toda regla siempre cabe algún contrabando. Una vez oído lo que escuché, ipso facto decidí regresar a casa para reproducir al pie de la letra el diálogo de estos antiguos caballeros.
Tengo el alto honor de trascribirlo:
VIEJO 1 – ¡Eh…sssí, puesh! El mundo… como que ha cambiado…
(PAUSA LARGA)
VIEJO 2 – ¿Dónde?
VIEJO 1 – ¿Dónde qué?
VIEJO 2 – ¿Dónde el mundo ha cambiado?
(NUEVA PAUSA)
VIEJO 1 – ¡En el mundo! ¿Dónde va a ser?
VIEJO 2 – Ah… ¿también?
VIEJO 1 – ¿Cómo “también”? ¡¡¡Pero cómo que “también”!!!
VIEJO 2 – Claro, también.
VIEJO 1 – Pero don Maximiliano… ¿Dónde puede cambiar el mundo como no sea en el mundo? ¿Es que a usted se le ocurre otro sitio?
VIEJO 2 – Sí.
VIEJO 1 – Será, pues, en Marte o Venus…
VIEJO 2 – No. En mi casa, ¿o por qué cree que estoy ahora, aquí, con usted?
Ω
Tengo el alto honor de trascribirlo:
VIEJO 1 – ¡Eh…sssí, puesh! El mundo… como que ha cambiado…
(PAUSA LARGA)
VIEJO 2 – ¿Dónde?
VIEJO 1 – ¿Dónde qué?
VIEJO 2 – ¿Dónde el mundo ha cambiado?
(NUEVA PAUSA)
VIEJO 1 – ¡En el mundo! ¿Dónde va a ser?
VIEJO 2 – Ah… ¿también?
VIEJO 1 – ¿Cómo “también”? ¡¡¡Pero cómo que “también”!!!
VIEJO 2 – Claro, también.
VIEJO 1 – Pero don Maximiliano… ¿Dónde puede cambiar el mundo como no sea en el mundo? ¿Es que a usted se le ocurre otro sitio?
VIEJO 2 – Sí.
VIEJO 1 – Será, pues, en Marte o Venus…
VIEJO 2 – No. En mi casa, ¿o por qué cree que estoy ahora, aquí, con usted?
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sábado, 10 de abril de 2010
CUENTO-SIN-CUENTA
NOTA INFORMATIVA
«Cuento–Sin–Cuenta» pretende reunir a todos los aficionados –sin excepción– a escribir cuentos. EXCLUSIVAMENTE CUENTOS. Para participar, solo basta solicitar las bases en la ventana <COMENTARIOS>. Para ello, debe incluir su nombre o seudónimo y su correo electrónico para recibir las informaciones necesarias. Gracias.
torintar
DON JUANITO CARIDAD
«Hoy en día la sociedad materialista y su incomprensible egoísmo conductual…
–Mami ¿a la salida me compras un helado?
–Cállate, en la iglesia no se habla…Y no te saques los mocos
«Hoy, que se ha perdido la sensibilidad para amar al prójimo como a sí mismo…
– Don Héctor, ¿qué le parece lo de los aranceles?
– ¡Hombre! A este paso ese senador nos va a arruinar…
«Hoy, que se ha olvidado aquella virtud que une a los hombres y los engrandece ante los ojos de su Divino Hacedor…
– Martha… ¿supiste que el marido de Claudia la abandonó?
– No me digas… pero qué barbaridad…! Era de esperarse. Seguro se largo con esa… con la amante.
«Hoy más que nunca, hermanos míos, que estamos reunidos en la casa de Dios, es imprescindible tomar consciencia de los valores sagrados que...
Como siempre aburrida, indiferente, la feligresía soportaba el sermón de la misa dominical. Pero no todos. En la última banca del templo, casi inadvertido, el humilde don Juanito sentía que cada pensamiento expresado por el cura lo hacía vibrar en lo más profundo de su sensibilidad. Hasta derramó unos lagrimones que le salaron la boca y le estrujaron el alma.
Esperó con ardiente paciencia para recibir la comunión. Apenas la hostia tocó su lengua, lo invadió una fuerza sobrenatural que vigorizó su espíritu y ensanchó a plenitud su corazón, para acoger a un desbordante sentimiento de amor al prójimo.
Terminada la misa, Juanito, exultante, marcó el paso hacia su vivienda siguiendo el compás de una alegre tonada que producía su propio silbido. Qué bien silbaba Juanito.
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Seis y media del lunes. Luego de una taza de té y un solo pan, Juanito llegó a su trabajo con más puntualidad que nunca. Exactamente a las siete y media salió el camión de reparto de la compañía distribuidora de una gaseosa de gran demanda. Juanito y un colega, cumplían la misión de bajar de ese camión las cajas contenedoras de botellas, apilar los envases en sendas carretillas para luego depositarlas en tiendas y supermercados.
A media jornada, antes de regresar a la embotelladora, el camión detuvo su marcha en el local de una pequeña bodega. Había que dejar solo un par de cajas, por lo que Juanito, siempre acomedido, se ofreció a cumplir con esa tarea. Cuando su carretilla cruzaba a la acera para ingresar a la tienda, se le acercó una andrajosa viejecita. Con ojos suplicantes, la menuda mujer musitó:
– Hijito, ¿quizás darías una gaseosita a esta pobre anciana con sed pero sin dinero para pagar?
Un relámpago de luz divina iluminó el corazón de Juanito. Había llegado el momento de poner en acción el propósito de su vida: amar al prójimo.
– Pero cómo no, abuelita… ¡no faltaba más!
De inmediato, Juanito destapó la botella y se la entregó a la mendicante. Con avidez nunca vista, ella secó la botellita de un solo trago. ¡Vaya, que estaba sedienta la pobrecita! – pensó don Juanito.
Ni siquiera pasó un instante y una bocanada de humo blanco y brillante, resplandeciente como un sol, envolvió a la anciana. La humareda, tal como vino, rápidamente se disipó. Juanito, estupefacto, no podía creerlo.
Al igual que los cuentos de su niñez, la que fuera una raída pordiosera, se había transformado en una joven angelical, una visión fulgurante, un ser del otro mundo.
– Gracias, amiguito. En realidad yo soy un hada buena. Tú has sido generoso conmigo. Pide un deseo y será concedido.
Terriblemente conturbado por este prodigio, sin poder hilvanar pensamiento alguno, Juanito hizo lo indecible para concentrarse. Los deseos se le venían a la mente sobreponiéndose vertiginosamente. El hada buena, rompió el embarazoso silencio:
– Eso sí, puedo concederte un solo deseo. ¡Solo uno! No te equivoques porque perderías esta oportunidad de oro.
Todo le daba vueltas al sombrado don Juanito. Primera vez en su vida que recibía tan increíble oferta. Entonces, tratando de serenarse, reflexionó, voy a pedirle algo que me permita favorecer a mi prójimo de por vida. Todo lo que deseo es ser un hombre con mucho dinero, con el fin de dedicarlo hasta el último centavo a los más necesitados…
– Querida hada buena, quiero ser el dueño de la empresa embotelladora para la que trabajo…
– Oye hombrecito, te pedí no equivocarte. Un verdadero empresario jamás hubiera regalado sus productos. Los empresarios “venden”, jamás regalan. Lo que una persona recibe sin haber trabajado, otra persona deberá haber trabajado para ello. ¿Me comprendes?
Don Juanito era una pan de Dios pero de tonto no tenía nada. Por ello se le vino a la mente una práctica común en el negocio. La conocía muy bien porque la había visto muchas veces durante sus quince años trabajando en la embotelladora.
– Pero sí, claro que eso lo sé. Lo mío fue un truco comercial, querida hada buena, una estrategia de marketing. Un muestreo, pura promoción publicitaria, pues…
– Segundo error. Un empresario jamás desperdicia su publicidad en un público objetivo anciano y sin dinero. Ese segmento pertenece a la clase D en la escala socioeconómica. Los viejos indigentes no consume nada.
– Lo siento mucho, pero te irías a la ruina, la embotelladora quebraría, tus obreros quedarían en la calle, familias sin pan….¡Oh, no!
– Pe…pero… yo podría…
– Como hada buena no puedo permitirlo… Sigue siendo una persona humilde y generosa y ganarás el cielo. Eso será mejor para todos… ¡Adiós buen hombre!
Y ¡blump! Una nube espesa y gris cubrió por completo a la mágica mujer y en el acto su figura se disolvió. Juanito, quedó mirando con desolación la botella vacía… ¿cómo podía pasarle algo así?
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Pasados unos segundos, don Juanito despertó de su estado letárgico. Entonces corrió, brincó, toreó los autos, tropezó con varios peatones, hasta llegar jadeando a la comisaría más cercana. Con la lengua afuera, se acercó a la mesa de partes y con furia desmedida, gritó:
– ¡Vengo a denunciar a una inmunda vieja que con el cuento del hada buena me robó una gaseosa!
Los policías se miraron conteniendo la risa. Uno de ellos, se llevo el dedo índice a la sien para hacer la inequívoca señal que todos conocemos.
Ω
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- Sábado, 10 de abril, 2010
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