Estamos en Primavera y la noche está muy tierna.
Un fervoroso calorcito invade todo el generoso cuerpo de la viuda millonaria.
Ella, con sus 45 años de edad, está tendida sobre el edredón de la mullida cama en su espléndida habitación. Como única prenda, lleva un tenue baby-doll… Tiene toda la piel perlada con una pátina brillante de transpiración.
Las amplias ventanas de su alcoba se abren de par en par hacia un extenso jardín, suntuoso en su verdor. La radiante luz de la luna nueva invade todo su dormitorio.
La dama cierra los ojos mientras se acaricia lentamente su mórbido cuerpo. Así, inmersa en ese cálido sopor, siente que levita en otra dimensión.
De súbito, presiente una sombra que se perfila a contraluz en el ventanal. Abre los ojos un poco alarmada y aprecia con nitidez la imponente figura de un poderoso mulato. Su cuerpo desnudo parece una talla de madera preciosa. La viuda admira su varonil vigor en cada uno de sus músculos que destellan chispas propiciadas por la luz lunar. El mancebo está inmóvil, tal como el David de Miguel Ángel.
Cuando menos lo espera, el apuesto mulato, pega un salto felino y entra a la habitación. Se acerca a la señora y la carga como una pluma y la transporta al jardín.
Bajo la fronda de un enorme árbol, con suma delicadeza el doncel deposita suavemente a la dama sobre la alfombra verde del lujurioso césped.
La viuda, entre temerosa y fascinada, le pregunta:
– Pero…pero… ¿qué me va a hacer usted, señor?
El apuesto mulato da un paso atrás. Duda. Se le descompone el rostro. Y finalmente, muy sorprendido, le dice:
– ¡Ah! ¡Eso sí que no lo sé! Total, madame, su Excelencia debe decidirlo, porque es usted la que esta soñando… ¿no?
domingo, 1 de agosto de 2010
lunes, 14 de junio de 2010
COSITAS DE UN CORAZÓN INFLAMADO
Once años tenía mi primer amorcito, uñas mugre y almita vibrátil de colibrí. Bajo el sol bobalicón de mi pueblito la pecosita Titina jugaba a la mamá con su muñeca de biscuit satinado. En las tardes, machucaba con prolija diligencia las hojitas del jacarandá. Así creía estrujar sus penitas de tiza y matemáticas que la piramidal monja acosadora le encajaba a cachetada limpia frente al pizarrón.
Cada tarde, de mayo a julio, Titina calentó mi oído con sus confidencias de mandil escolar y mentol para moretones.
Cuando el pequeño territorio medianero entre mi boca y mi nariz comenzó a sombrearse con el bozo adolescente, de sopetón me aburrí de sus pecas y de sus tiquismiquis untados de desdicha. Me fatigué de la voz de esa cosita de nada, de la intrascendente libélula Titina, tina, tontina.
Entonces, hice mutis por el foro y… a nadar y a pescar en el mar de acero, ese espejo que ciñe mi aldea de antaño. Nunca más volví a ver ni a oler a la tontina.
El día que conocí a mi segunda noviecita me asombré en grande. Con solo pocos años encima y a ella le germinaban los primeros caldos de la divina sopa gris aderezada con el IQ de todo un Einstein. Descollaba en todas materias imaginables y otras aún por quimerizar.
Irguiendo su meñique erudito, solía parlarme en un francés displicente, lo que hacía morir de la risa a los ruiseñores, y entre jolgorios y disfuerzos batían las ramas de las moreras que flanqueaban su callecita de faroles con luz de luna brava. En tanto los geranios ruborizados mecían sus cabezotas rebosantes de chirriante carmín desde sus macetas que pendían en los balcones de rejas bordadas con pretensiones de mudéjar.
Begoña, que así se llamaba mi flaquita sabelotodo, caminaba con la presteza que le daban sus catorce años a flor de piel capulí. Caminaba, espiga espigadita, bamboleando sus pechitos que comenzaban a brotarle con firmeza alardeando su dicha primaveral. Como soy lerdo de testa y lengua, le declamaba poemas de mi gran amigo, el poeta Juan Gonzalo (1), como si fuesen de mi numen personal:
«Me gustas porque tienes
el color de los patios
de las casas tranquilas
Y más precisamente:
me gustas porque tienes
el color de los patios de las casas tranquilas
cuando llega el verano…
Y más precisamente:
me gustas porque tienes
el color de los patios de las casas tranquilas
en las tardes de enero
cuando llega el verano.
Y más precisamente:
me gustas porque te amo».
Entonces, embelesada, Begoña repletaba su boquita con espumosos suspiros, tan dulces, pero tan dulces, que las abejitas revoloteaban sus labios para fabricar miel de rosas y magnolias. Yo, tremendo goloso, absorbía sin pausa ni tregua esa almibarada rosa pitiminí. Hasta que llegaba la burka nocturna para tragarse el incendio crepuscular con todo y sus celajes que rielaban en las estáticas aguas del alto mar.
Ataque de certera saeta embadurnada de pasión. Mi tenaz amor hacia mi doctorcita Begoña se agigantó hasta alcanzar inconmensurables dimensiones agronómicas. Mi corazón devino en un latifundio sembrado de cabo a rabo con jazmín del cabo que embriagaba con su aroma alicorado. Y una de esas tardes detenidas en el espacio, Begoña y yo, tendidos en la arena de la playa desierta, siempre frente al mar, casi en el mismo mar, nos propasamos a la de a verdad en el intercambio de caricias y lengüitas agitadas, hasta que pasó lo que tuvo que pasar.
De retorno a nuestras casas, yo con ufanía de macho recién estrenado y Begoña turbada, quizá compungida –o qué sé yo–, me farfulló cual Eva en el Paraíso recién perdido:
– Hemos cometido pecado mortal.
Reaccioné con mañosa presteza:
– ¿Mortal, amorcito? ¿Acaso no somos seres mortales? ¿Entonces? Lo terrible hubiese sido haber caído en pecado inmortal.
La inteligentísima, la eruditísima Begoña, la eminente docta por sus cuatro costados quedó perpleja, extraviada en un alelamiento de pronóstico indecible. El avieso sofisma de mi invención:”ad peccata aeternum” hizo tambalear la torre de marfil de su omnisciencia. Si señor, yo, un vulgar palurdo, yo solito había conseguido enturbiar el puchero gris de su privilegiado encéfalo. Como es obvio, Begoña quedó herida en la pepa de su ego. No toleró que mi escasez intelectiva pudiese arrinconarla en un jaque mate magistral. Jamás lo perdonó.
“Y ella me abandonó
disminuyendo en mi jardín
una linda flor…”
Meses después, un gran escándalo dio pábulo para que las beatas de gallinero convirtieran a mi pueblito en auténtica caldera del diablo: Begoña fue sorprendida en el catre personal del señor párroco, con el cura incluido, of corse…Y no exactamente para rezar. ¿Sería este un pecado inmortal?
Luego de unos meses, ahora en la atosigada Capital y bajo una garúa pegajosa, conocí a Gianina, una italianita tañedora de arpa sinfónica y eminente intérprete de flauta traversa. Ella me familiarizó con Praetorius, Corelli, Moteverdi y toda la pléyade de músicos barrocos… Quien sabe –nunca se sabe– alguna nochecita armónica rememoraré más esas cositas de un corazón inflamado.
Cada tarde, de mayo a julio, Titina calentó mi oído con sus confidencias de mandil escolar y mentol para moretones.
Cuando el pequeño territorio medianero entre mi boca y mi nariz comenzó a sombrearse con el bozo adolescente, de sopetón me aburrí de sus pecas y de sus tiquismiquis untados de desdicha. Me fatigué de la voz de esa cosita de nada, de la intrascendente libélula Titina, tina, tontina.
Entonces, hice mutis por el foro y… a nadar y a pescar en el mar de acero, ese espejo que ciñe mi aldea de antaño. Nunca más volví a ver ni a oler a la tontina.
El día que conocí a mi segunda noviecita me asombré en grande. Con solo pocos años encima y a ella le germinaban los primeros caldos de la divina sopa gris aderezada con el IQ de todo un Einstein. Descollaba en todas materias imaginables y otras aún por quimerizar.
Irguiendo su meñique erudito, solía parlarme en un francés displicente, lo que hacía morir de la risa a los ruiseñores, y entre jolgorios y disfuerzos batían las ramas de las moreras que flanqueaban su callecita de faroles con luz de luna brava. En tanto los geranios ruborizados mecían sus cabezotas rebosantes de chirriante carmín desde sus macetas que pendían en los balcones de rejas bordadas con pretensiones de mudéjar.
Begoña, que así se llamaba mi flaquita sabelotodo, caminaba con la presteza que le daban sus catorce años a flor de piel capulí. Caminaba, espiga espigadita, bamboleando sus pechitos que comenzaban a brotarle con firmeza alardeando su dicha primaveral. Como soy lerdo de testa y lengua, le declamaba poemas de mi gran amigo, el poeta Juan Gonzalo (1), como si fuesen de mi numen personal:
«Me gustas porque tienes
el color de los patios
de las casas tranquilas
Y más precisamente:
me gustas porque tienes
el color de los patios de las casas tranquilas
cuando llega el verano…
Y más precisamente:
me gustas porque tienes
el color de los patios de las casas tranquilas
en las tardes de enero
cuando llega el verano.
Y más precisamente:
me gustas porque te amo».
Entonces, embelesada, Begoña repletaba su boquita con espumosos suspiros, tan dulces, pero tan dulces, que las abejitas revoloteaban sus labios para fabricar miel de rosas y magnolias. Yo, tremendo goloso, absorbía sin pausa ni tregua esa almibarada rosa pitiminí. Hasta que llegaba la burka nocturna para tragarse el incendio crepuscular con todo y sus celajes que rielaban en las estáticas aguas del alto mar.
Ataque de certera saeta embadurnada de pasión. Mi tenaz amor hacia mi doctorcita Begoña se agigantó hasta alcanzar inconmensurables dimensiones agronómicas. Mi corazón devino en un latifundio sembrado de cabo a rabo con jazmín del cabo que embriagaba con su aroma alicorado. Y una de esas tardes detenidas en el espacio, Begoña y yo, tendidos en la arena de la playa desierta, siempre frente al mar, casi en el mismo mar, nos propasamos a la de a verdad en el intercambio de caricias y lengüitas agitadas, hasta que pasó lo que tuvo que pasar.
De retorno a nuestras casas, yo con ufanía de macho recién estrenado y Begoña turbada, quizá compungida –o qué sé yo–, me farfulló cual Eva en el Paraíso recién perdido:
– Hemos cometido pecado mortal.
Reaccioné con mañosa presteza:
– ¿Mortal, amorcito? ¿Acaso no somos seres mortales? ¿Entonces? Lo terrible hubiese sido haber caído en pecado inmortal.
La inteligentísima, la eruditísima Begoña, la eminente docta por sus cuatro costados quedó perpleja, extraviada en un alelamiento de pronóstico indecible. El avieso sofisma de mi invención:”ad peccata aeternum” hizo tambalear la torre de marfil de su omnisciencia. Si señor, yo, un vulgar palurdo, yo solito había conseguido enturbiar el puchero gris de su privilegiado encéfalo. Como es obvio, Begoña quedó herida en la pepa de su ego. No toleró que mi escasez intelectiva pudiese arrinconarla en un jaque mate magistral. Jamás lo perdonó.
“Y ella me abandonó
disminuyendo en mi jardín
una linda flor…”
Meses después, un gran escándalo dio pábulo para que las beatas de gallinero convirtieran a mi pueblito en auténtica caldera del diablo: Begoña fue sorprendida en el catre personal del señor párroco, con el cura incluido, of corse…Y no exactamente para rezar. ¿Sería este un pecado inmortal?
Luego de unos meses, ahora en la atosigada Capital y bajo una garúa pegajosa, conocí a Gianina, una italianita tañedora de arpa sinfónica y eminente intérprete de flauta traversa. Ella me familiarizó con Praetorius, Corelli, Moteverdi y toda la pléyade de músicos barrocos… Quien sabe –nunca se sabe– alguna nochecita armónica rememoraré más esas cositas de un corazón inflamado.
jueves, 3 de junio de 2010
GRIMUALDA
– Y tú, cómo te llamas.
– Grimualda, señora
– ¿Grimu… cómo? Qué clase de nombre es ese. María, desde ahorita ese será tu nombre en esta casa…
– (GESTO INTRADUCIBLE DE GRIMUALDA)
– ¡Qué! ¿No te gusta? Pero si es el santo nombre de la Virgen, qué más quieres.
– Sí, señora. Como usted diga.
– Muy bien. Entonces, María. Ahora acompáñame por las habitaciones para indicarte cuál será tu trabajo.
Doña Clotilde, ahora está en gran conversa con su nueva amiga. Ivette Le Bournet, encumbrada dama de la socialité diplomática.
Esa gentecita convive hacinada en sucuchos de cartones, tablas, latas y qué se yo. Ni siquiera una que otra teja. Casuchas miserables sobre la polvorosa tierra. Eso les encanta, su cerro.
La señorita Grimualda, natural de su amado cerro El Pino, acaba de ser admitida en la aristocrática mansión de doña Clotilde como “trabajadora del hogar”. Eufemismo, claro que sí. Adecenta (en algo) la muy castiza acepción de sirvienta.
En su primer día de trabajo. Grimualda está a la espera de la doña. El ama de llaves la ha puesto al corriente de su labor y salario. Pero la señora Cloty es en extremo puntillosa. Exige dar en persona las instrucciones. Finiquitada su mística aromaterapia de tipo holístico y luego de sus abluciones con flores de Bach, la doña hace su ingreso a escena. Luce frescachona y fragante, embutida en un brillante salto de cama color melón ornado con coquetos bobos de encaje blanquísimo. Mira, María, con su erecto índice mandón, madame Cloty está ordenando. Primero lo primero. Limpiarás a conciencia mi dormitorio principal ¿Ya? Es tan grande que te tomará mucho tiempo dejarlo perfecto. Pero así me gusta y así te lo exijo ¿me comprendes? Sí, señora, lo haré. Y Grimualda se traga su propio refunfuño. Aunque nadie puede evitar que un arcano carajeo revolotee adentro de su testa. En este dormitorio cabría cuatro veces toda mi casita, donde dormimos los diez. La señora diplomática sigue escuchando muy atenta. Y doña Clotilde, continúa con su pepitoria. ¡Uf! Esta nueva criada pertenece a esa tribu de pellejo tirando al pardo barroso. Gentecita oscura que disfruta habitando en los cerros, en el culo del mundo… ¡Quelle horreur! ¡Terrific, hija!
Ahora, María, concéntrate bien y déjate de mirar lo que no te interesa. La doña prosigue con su manual de estrictas instrucciones. Este es el cuarto de baño de la suite. Aquí, en este lugar preferencial, vas a poner todo tu esmero. Sobre todo con la pileta de hidromasaje. Es de Carrara, un mármol precioso, tan fino, que se raya con solo mirarlo. Mucho cuidadito ¿eh? Lo tendré en cuenta, no se preocupe, señora. Grimualda-María se contenta con murmurar. Pero su lenguaje encefálico, no puede detener otra carajeada. Y nosotros, solo con nuestro jarrito, ahorrando el agua que trae el camión, se dice.
El equipo lavavajilla funciona solito. Es totalmente automático. Basta programarlo con este botón ¿ves? Basta un clic y ya está… Se detiene solito. O sea que te vas de alivio. Habría que conocer las interioridades de Grimualda, para interpretar su maléfica sonrisa de silencio. Vieja de mierda, qué sabes tú de lavaderos con esas uñas coloradotas. Seguro has degollado a tu marido.
Madame Cloty, continúa derramando exquisiteces. La diplomática asiente y calla. Otorga lo que escucha. La muchacha que acabo de contratar… ¡ay! si la vieras con la tenida que se me presentó… ¡uf! te mueres de un infarto. Un faldón vomitivo, todo corrugado, y una blusa apelmazada color caca. Algo asqueroso, hija. Creo que a la plebe le encanta esa ropa que aunque esté limpia siempre parece inmunda
Ahora, ama y sirvienta, continúan la tournée con los sagrados mandamientos de la Cloty. Tanto la sala de visitas y el corredor de losetas venecianas tienes que encerarlos hasta que brillen como espejo. La servidumbre nunca lo ha hecho bien. Espero que tú sepas usar la lustradora como se debe. Ah… Y para los rincones, te me pones en cuatro patas y me los frotas con la franela hasta que te duela el espinazo. ¿Me comprendes? Cómo mierda no te voy a comprender, cabrona. Quieres que me saque el ancho. Con esta muda requintada atragantada como espina en el alma, los ojos de Grimualda son tizones al rojo vivo. No obstante, ella sigue calladita, nomás.
Ignorando la terrible tormenta dentro de la cabeza de la criada, la doña añade algo que se le olvido. Ahhh… y mientras limpias, fíjate si me encuentras las llaves de mi coche. Luego tengo que salir. Y la sola idea ya me está destrozando los nervios. Qué horror. Tú ni siquiera imaginas lo que es manejar en esa jungla de microbuses, motos, ómnibus, vendedores ambulantes, mendigos… ¡un martirio! ¡algo insoportable! Pero qué sabrás tú de eso. Una anda enloquecida con todos los compromisos que tiene que soplarse. A tal hora el coctel, a tal otra una cena, un matrimonio, un desfile de modas… En fin, agradece que tú no tienes que cumplir con nadie. Grimualda tiene que frenar en seco sus intenciones tanáticas. Mejor será sonreír de rabia. Blanca puta del carajo, quiero verte embutida en el microbús de la línea 486.
Y otra cosita, añade la Cloty, en la mañanita, fíjate si hay una buena provisión de frutas de la estación, yogur de todos los sabores. Pan integral, huevos, cereales, leche y jamón inglés… Ya lo sabes, si no tenemos lo esencial un desayuno no es un desayuno. Claro, señora, estaré atenta. La erupción del volcán grimualdino parece inminente. Pero, vulcanóloga al fin, la flamante trabajadora del hogar toma sus previsiones. Le embute un tapón de paciencia a su furibundo cráter.
Y si la mando a…No. No, a lo mejor me larga y me quedo sin chamba. Grimualda sigue callando.
– No. No, es mejor no seguir con este odioso tema, querida amiga, Ivette. Uno tiene que resignarse a soportar a esta gentuza. De otro modo no sé quién haría el trabajo de mulas… Brutas, repugnantes pero imprescindibles… ¿Tú que opinas, Ivette cherie?
Ω
– Grimualda, señora
– ¿Grimu… cómo? Qué clase de nombre es ese. María, desde ahorita ese será tu nombre en esta casa…
– (GESTO INTRADUCIBLE DE GRIMUALDA)
– ¡Qué! ¿No te gusta? Pero si es el santo nombre de la Virgen, qué más quieres.
– Sí, señora. Como usted diga.
– Muy bien. Entonces, María. Ahora acompáñame por las habitaciones para indicarte cuál será tu trabajo.
Doña Clotilde, ahora está en gran conversa con su nueva amiga. Ivette Le Bournet, encumbrada dama de la socialité diplomática.
Esa gentecita convive hacinada en sucuchos de cartones, tablas, latas y qué se yo. Ni siquiera una que otra teja. Casuchas miserables sobre la polvorosa tierra. Eso les encanta, su cerro.
La señorita Grimualda, natural de su amado cerro El Pino, acaba de ser admitida en la aristocrática mansión de doña Clotilde como “trabajadora del hogar”. Eufemismo, claro que sí. Adecenta (en algo) la muy castiza acepción de sirvienta.
En su primer día de trabajo. Grimualda está a la espera de la doña. El ama de llaves la ha puesto al corriente de su labor y salario. Pero la señora Cloty es en extremo puntillosa. Exige dar en persona las instrucciones. Finiquitada su mística aromaterapia de tipo holístico y luego de sus abluciones con flores de Bach, la doña hace su ingreso a escena. Luce frescachona y fragante, embutida en un brillante salto de cama color melón ornado con coquetos bobos de encaje blanquísimo. Mira, María, con su erecto índice mandón, madame Cloty está ordenando. Primero lo primero. Limpiarás a conciencia mi dormitorio principal ¿Ya? Es tan grande que te tomará mucho tiempo dejarlo perfecto. Pero así me gusta y así te lo exijo ¿me comprendes? Sí, señora, lo haré. Y Grimualda se traga su propio refunfuño. Aunque nadie puede evitar que un arcano carajeo revolotee adentro de su testa. En este dormitorio cabría cuatro veces toda mi casita, donde dormimos los diez. La señora diplomática sigue escuchando muy atenta. Y doña Clotilde, continúa con su pepitoria. ¡Uf! Esta nueva criada pertenece a esa tribu de pellejo tirando al pardo barroso. Gentecita oscura que disfruta habitando en los cerros, en el culo del mundo… ¡Quelle horreur! ¡Terrific, hija!
Ahora, María, concéntrate bien y déjate de mirar lo que no te interesa. La doña prosigue con su manual de estrictas instrucciones. Este es el cuarto de baño de la suite. Aquí, en este lugar preferencial, vas a poner todo tu esmero. Sobre todo con la pileta de hidromasaje. Es de Carrara, un mármol precioso, tan fino, que se raya con solo mirarlo. Mucho cuidadito ¿eh? Lo tendré en cuenta, no se preocupe, señora. Grimualda-María se contenta con murmurar. Pero su lenguaje encefálico, no puede detener otra carajeada. Y nosotros, solo con nuestro jarrito, ahorrando el agua que trae el camión, se dice.
El equipo lavavajilla funciona solito. Es totalmente automático. Basta programarlo con este botón ¿ves? Basta un clic y ya está… Se detiene solito. O sea que te vas de alivio. Habría que conocer las interioridades de Grimualda, para interpretar su maléfica sonrisa de silencio. Vieja de mierda, qué sabes tú de lavaderos con esas uñas coloradotas. Seguro has degollado a tu marido.
Madame Cloty, continúa derramando exquisiteces. La diplomática asiente y calla. Otorga lo que escucha. La muchacha que acabo de contratar… ¡ay! si la vieras con la tenida que se me presentó… ¡uf! te mueres de un infarto. Un faldón vomitivo, todo corrugado, y una blusa apelmazada color caca. Algo asqueroso, hija. Creo que a la plebe le encanta esa ropa que aunque esté limpia siempre parece inmunda
Ahora, ama y sirvienta, continúan la tournée con los sagrados mandamientos de la Cloty. Tanto la sala de visitas y el corredor de losetas venecianas tienes que encerarlos hasta que brillen como espejo. La servidumbre nunca lo ha hecho bien. Espero que tú sepas usar la lustradora como se debe. Ah… Y para los rincones, te me pones en cuatro patas y me los frotas con la franela hasta que te duela el espinazo. ¿Me comprendes? Cómo mierda no te voy a comprender, cabrona. Quieres que me saque el ancho. Con esta muda requintada atragantada como espina en el alma, los ojos de Grimualda son tizones al rojo vivo. No obstante, ella sigue calladita, nomás.
Ignorando la terrible tormenta dentro de la cabeza de la criada, la doña añade algo que se le olvido. Ahhh… y mientras limpias, fíjate si me encuentras las llaves de mi coche. Luego tengo que salir. Y la sola idea ya me está destrozando los nervios. Qué horror. Tú ni siquiera imaginas lo que es manejar en esa jungla de microbuses, motos, ómnibus, vendedores ambulantes, mendigos… ¡un martirio! ¡algo insoportable! Pero qué sabrás tú de eso. Una anda enloquecida con todos los compromisos que tiene que soplarse. A tal hora el coctel, a tal otra una cena, un matrimonio, un desfile de modas… En fin, agradece que tú no tienes que cumplir con nadie. Grimualda tiene que frenar en seco sus intenciones tanáticas. Mejor será sonreír de rabia. Blanca puta del carajo, quiero verte embutida en el microbús de la línea 486.
Y otra cosita, añade la Cloty, en la mañanita, fíjate si hay una buena provisión de frutas de la estación, yogur de todos los sabores. Pan integral, huevos, cereales, leche y jamón inglés… Ya lo sabes, si no tenemos lo esencial un desayuno no es un desayuno. Claro, señora, estaré atenta. La erupción del volcán grimualdino parece inminente. Pero, vulcanóloga al fin, la flamante trabajadora del hogar toma sus previsiones. Le embute un tapón de paciencia a su furibundo cráter.
Y si la mando a…No. No, a lo mejor me larga y me quedo sin chamba. Grimualda sigue callando.
– No. No, es mejor no seguir con este odioso tema, querida amiga, Ivette. Uno tiene que resignarse a soportar a esta gentuza. De otro modo no sé quién haría el trabajo de mulas… Brutas, repugnantes pero imprescindibles… ¿Tú que opinas, Ivette cherie?
Ω
miércoles, 19 de mayo de 2010
SENTIDOS DE EROS
han despertado risueñas cosquillosas misteriosas deslizar de manos quisquillosas atrevidas mariposas inventasueños de amaneceres azules cuando quieren sí acuarelear silueta de mujer pinturita de adorar primorosa criatura miel y luna de chupar de pies a cuello allí descenso al se nos tulipanes senos morder sabor glorioso mujer sí mujeramar-marmujer debajo arriba navegando surcando los mares ondas placenteras joven acurrucar sus pétalos fanerógamos cóncavos repletan rubor inventando con las manos prestidigitadoras el edén de eros oliendo el zumo de savia piel sabia para tactear tersuras de terciopelo besadores aleteando lengüitas atrevidos zigzag llegar arribando al botón rosa de labio seductor y oler sí olfatear el lujo de lujuria en prados patinados de dorados soles codiciosos retozar en fragancias epidérmicas fluyentes mágicas yerbas abriendo melodías gimientes pedilonas del dame más desmayar aherrojada carne sobre carne caricias sutilezas hasta salvajes juegos manos villanos y esplendorosa vista a la topografía de valles ventrales montes venusinos cuencas iluminadas con centellas ojos concupiscentes hasta la lasciva luz crepuscular al fin hastiados tiendesemos guerreros en Piélago Fornigozo a trenzarse en próximas batallas. néctares tribales .
Ω
Ω
miércoles, 12 de mayo de 2010
A LA LUZ DEL SEMÁFORO
Una madrugada desierta el doctor Sevilla inmerso en el revoltijo de su mundo interior, cruzó a más de 80 kph la intersección de dos avenidas importantes. Y, aún peor, haciendo caso omiso al stop perentorio del semáforo. Como por ensalmo apareció una Harley Davidson, rebasó a su viejo Chevrolet y con la inequívoca señal policíaca le ordenaban detenerse.
El uniformado se apeó de la moto. Con parsimonia, se acercó al coche y su encasquetada cabeza se inclinó hasta alcanzar el mismo nivel de la augusta calva del infractor.
–Conque estamos apuraditos… ¿no conoce el reglamento?
–Bueno, es que… la verdad…Como a esta hora…
–Positivo caballero, lo comprendo. Pero usted ha cometido doble falta y no puedo evitar ponerle la respectiva multa.
–Proceda, jefe. Cumpla con su deber.
–Bien, usted es una persona consecuente. Pero, veamos, ¿se puede saber que motivación lo ha llevado a excederse en el límite de velocidad. ¿Acaso su inconsciente lo impulsa a huir de algo? Quizás usted esté intentando dejar atrás un mal recuerdo, algo de su infancia… no sé… alguna cosa de la que quiere liberarse…
–Así es, sargento. Mi niñez ha sido un infierno. Un padre alcohólico, incomprensión de mi madre, represión, castigos inhumanos y una pobreza rayana en miseria. Y por si fuera poco mi mujer…
–Bien, bien amigo mío…permítame que ingrese a su auto. Cuénteme al detalle su historia. Yo también desearía confiarle la tragedia de mi vida…
El semáforo siguió jugueteando largamente con sus luces tricolores hasta que los primeros peatones intrigados curioseaban la insólita escena que ocurría dentro del viejo Chevrolet:
El doctor Sevilla y el policía lloraban a moco tendido.
Ω
El uniformado se apeó de la moto. Con parsimonia, se acercó al coche y su encasquetada cabeza se inclinó hasta alcanzar el mismo nivel de la augusta calva del infractor.
–Conque estamos apuraditos… ¿no conoce el reglamento?
–Bueno, es que… la verdad…Como a esta hora…
–Positivo caballero, lo comprendo. Pero usted ha cometido doble falta y no puedo evitar ponerle la respectiva multa.
–Proceda, jefe. Cumpla con su deber.
–Bien, usted es una persona consecuente. Pero, veamos, ¿se puede saber que motivación lo ha llevado a excederse en el límite de velocidad. ¿Acaso su inconsciente lo impulsa a huir de algo? Quizás usted esté intentando dejar atrás un mal recuerdo, algo de su infancia… no sé… alguna cosa de la que quiere liberarse…
–Así es, sargento. Mi niñez ha sido un infierno. Un padre alcohólico, incomprensión de mi madre, represión, castigos inhumanos y una pobreza rayana en miseria. Y por si fuera poco mi mujer…
–Bien, bien amigo mío…permítame que ingrese a su auto. Cuénteme al detalle su historia. Yo también desearía confiarle la tragedia de mi vida…
El semáforo siguió jugueteando largamente con sus luces tricolores hasta que los primeros peatones intrigados curioseaban la insólita escena que ocurría dentro del viejo Chevrolet:
El doctor Sevilla y el policía lloraban a moco tendido.
Ω
sábado, 8 de mayo de 2010
LA SONRISA DE SOFIA
(Le sourire de Sophie)
Paris, 1962.
El verde bulle a rabiar. Los árboles del Barrio Latino reverdecen en toda su potencia con los primeros brotes y cogollos de la primavera en agraz. La gente marca festivas trancadas por la amplia acera del Bulevar Saint Michel. Todos parecen estrenar miradas brillantes con un no sé qué de regocijo vital. Parlantes ubicuos difunden «Cuando calienta el sol». Un éxito de los Hermanos Rigual.
Estoy solitario en una mesa de la terraza del bistró “La Favorite” de Saint Michel. Una esbelta criatura vestida de punta en blanco (aquí entre nos, un dulce pimpollo) pasa a mi lado. Su cálido muslo roza ligeramente mi hombro. Me zambullo en la estela que deja su fragancia, la aspiro la hasta las heces y automáticamente entro en la región del virtual devaneo. Con cimbreante vaivén el angelito no parece caminar. No. Más bien desliza su estilizada figura, levita, flota hasta posarse, muy femenil toda ella, en una mesita adosada a la pared. Justo enfrente a la mía.
Son las seis con veinticinco del aún soleado atardecer. La cabellera chivilla de la damita de blanco se derrama en dos vertientes que encuadran la perfección oval de su rostro. Tez fresca y limpia como la lluvia. Sin esperar su pedido, el garçon le sirve una taza de té acompañada con croissants. Cómo le asienta ese rayo de sol crepuscular que recorta en diagonal su clásico perfil. Cuando oprime la boquita con la taza, su labio se convierte en el botón reventón de un alhelí patinado por el rocío.
Ha pasado media hora y no le he quitado el ojo. Ella no ha dejado de chequear su relojito. Y cada vez con mayor ansiedad. Sospecho, algún mequetrefe ha dejado plantada a esta maravilla de la naturaleza. Deseo fervientemente acercarme, jugarme un lance. Soy tímido por naturaleza y, por inferencia, tanto más con las mujeres. Además, mi paupérrimo francés es de lástima. Entonces, para darme brío, termino mi intrépida copa de beaujolais (la cuarta de la tarde). Nada. No me atrevo ni de caulas. Parece que este carburante vinícola es inicuo para el estimulo de cualquier arresto donjuanesco.
Ella, con extrema delicadeza, como para asir una mariposa por las alas, saca un pañuelito de su cartera y enjuga una “furtiva lagrima” que aljofara su mejilla. Sin pausa ni tregua, al advertir su congoja me embucho dos copas más. Ah, no. Ahora sí me aviento… ¡nadie ni nada me para!
– Mademoiselle… ¿acaso está indispuesta?
– Oh…oui, monsieur…estoy deshecha…
Caramba, me sorprendí, mi osada comparecencia ante esta ricurita fue más simple de lo que imaginé. Envalentonado, sin solicitar su venia, tomé asiento a su lado. En cuanto mi princesita hubo de serenarse un poco, solo un poquitín, me narró –entre balbuceos lacrimosos– su desencantado drama. Claro, algo predecible por trillado. Cuitas de amor y sus adláteres. Era la tercera vez que había sido desdeñada por un galancete del cual, dijo, estaba enamorada hasta el tuétano. En fin, como no me las doy de Corín Tellado mejor me salto esta prosaica valla. Más bien intentaré resumir la ocurrencia posterior en esa misma noche.
Mi estrategia persuasiva se desovilló sin palabreos ni esfuerzos, como nunca hubiese soñado. El asunto es que, al cabo de poco tiempo la niña había cobrado total serenidad. Sin ambages, me confió, mi nombre es Sophie. Yo retruqué, nombre interesante… ¿sabes? “sophia”, en griego clásico significa sabiduría. Y con estas palabras ejecuté el gambito de lujo que se requería, una jugada de gran maestro. En un santiamén, resplandeció con una y única sonrisa exquisita. Y mi dubitativo corazón se iluminó hasta el último resquicio.
•••
Nos paseamos de noche por el Quartier Latin. Surgieron callecitas escondidas, silenciosas. Ahora la amo como nunca. Cuando habla. Cuando queda en silencio. Cuando gesticula enigmática. En esta zona de la noche puede ocurrir cualquier cosa, hasta un prodigio. ¿Quieres que te rapte? le pregunté en la Rue Monsieur Le Prince. ¡No!, me respondió, impávida, como si le hubiese preguntado, tienes calor. De improviso saltó en un pie, mientras gritaba jubilosa, quiero divertirme, quiero olvidar, quiero bailar hasta morir. Llévame a una fiesta de disfraces. Hoy se celebra una en el club La Grande Severin , aquí cerquita. ¿Fiesta de disfraces? ¿y los disfraces…? inquirí. En la Rue Soufflot los alquilan, me informó.
‘Polichinelle’, se llamaba el pequeño local. Olía a pura naftalina y alcanfor. Nos recibió su dueño, un viejo rollizo, paticorto y cabezón, con gafas redondas de acero. Solícito y zalamero hasta la melosidad, nos atendió a conciencia. Fue extrayendo la mar de variopintos disfraces, bucaneros, Ulises y su Penélope, tiroleses, clowns y payasos, María Antonieta y su Luis XVI, hawaianos, Napoleón y su Josefina, gitanos, Quijote y su Dulcinea… en fin, todo un desfile de variopintos vestuarios. Empero, mi dulce Sophie los rechazaba sistemáticamente sin siquiera mirarlos.
¡Ya sé! exclamó de pronto Sophie. Pierrot y Colombina, eso es muy romántico ¿no? Ah, por supuesto, sonrió el viejo, cómo no voy a tener eso. Colombina, Arlequín y Pierrot son los tres representantes de la Comedia Italiana. ¡mi bella tierra! Colombina, hija de Casandro, amante de Arlequín, personaje cómico, que lleva mascarilla negra, y traje hecho de retazos romboides multicolores. Casualmente, lo que son las cosas, acabo de alquilar un disfraz de Arlequín.
Sophie quedó preciosa, más bella imposible, con su ropaje blanquinegro. Y yo, al ver mi facha en el espejo, sentí escalofríos de vergüenza. Me sentí como un grotesco fantoche pero, con tal de no contrariar a mi Colombina, no me quedó otra que salir resignado del probador. Pero mírate, estás lindo, me dijo mi maravillosa Colombina. ¡Un momento! terció el viejo, a ambos les falta algo imprescindible. Soltando resoplidos, el gordo trepó por una escala y bajó una caja debidamente etiquetada. Jovencitos, nos dijo, ustedes tienen suerte. Justamente, acabo de adquirir unas máscaras de un látex muy especial. Son extremadamente realistas, además se adhieren a la piel de tal manera, que reproducen a la perfección los gestos y las expresiones. Nadie diría que son máscaras, tienen una textura idéntica al cutis.
Dicho y hecho, nos embutió bajo la sutil epidermis del látex, que, en efecto, la sentí como mi propia piel. Al verme así, enmascarado, la Colombina se llevó la mano a la boca para evitar una risotada. Pero no pudo contener las lágrimas que, por ironía, también produce la risa desaforada. Me corroía la curiosidad para apreciar mi cara potiza. Regresé al probador para verme en el espejo.
Quedé congelado, tenía una fisonomía abstracta, si cabe la expresión. Un rostro impasible de facciones regulares, increíblemente realista, perfectamente diseñado, pero… no tenía nada de humano. No expresaba tristeza, ni alegría, ni asombro. No obstante, en insólita contraposición, parecía tener vida propia. Algo indecible. El impacto recibido, sumado a la incontenible y ahora descarada risa de Sophie, casi me produce un shock desbastador. Caí en un estado de suspensión en el uso del pensamiento. Y tanto fue así, que no recuerdo como llegamos a fiesta de La Grande Severin.
El bullicio del salón del club y del revuelo que causó mi presencia, de sopetón me hizo salir del limbo en que me encontraba. Los muchachos y muchachas se mataban de la risa con solo verme. Luego, en grupos compactos me rodearon en una nube atronadora de crueles risotadas, me arrinconaron como un ratón cercado por un grupo de gatos hambrientos. Comenzaron a darme vueltas y más vueltas hasta el vértigo, me empujaban, me pellizcaban, sin parar de burlarse y reírse a carcajada limpia. Y entre ese tumulto avasallador, perdí por completo la orientación… pero también se refundió mi Colombina. Finalmente, cuando se cansaron de tanta burla y me dejaron tranquilo.
Me encontré terriblemente aislado, con gran indignación y a la vez con cierto miedo. Fue entonces que percibí a Sophie entre la multitud de parejas que bailaban con frenesí. Ella, sí, ella misma. Mi Colombina, rodeaba con sus brazos el cuello de un Arlequín. Enseguida, ambos se despojaron de sus máscaras y se confundieron en un larguísimo y apasionado beso.
En raciocinio instantáneo, caí en la cuenta de la comedia en la que yo había desempeñado el papel de víctima propiciatoria. Recordé lo que el dueño de ‘Polichinelle’ había dicho sobre el disfraz de arlequín. Y no cabía duda, ella sabía muy bien que su galancete era el que lo había alquilado. Todo había sido una argucia de Sophie. La muy intrigante, con su airecito angelical, me había manipulado a su antojo. Mi instinto primitivo de macho engañado me impulsó a acercarme a la traidora para ponerle las orejas coloradas. Sin embargo –felizmente–, el muro humano que los rodeaba, nuevamente comenzó a burlarse de mí. Esto me controló y paró en seco mis arrestos biliares.
Me encerré en el baño de caballeros. Para mi suerte lo encontré vacío. El espejo reflejó mi patética imagen. De una buena vez, resolví sacarme la maldita máscara pero me resultó imposible. Traté de arrancarla empleando todas las formas posibles. Ni con agua y jabón lo conseguí. Comprobé que algo extraño había sucedido. Quizás, pensé aterrado, por una reacción química el sudor de mi cara en contacto con el látex se había producido algún tipo de pegamento tremendamente fuerte. Fue tal mi desazón que no pude contener las lágrimas. Desesperado, me cubrí la cara con las manos y salí del local huyendo como un delincuente.
A esa hora la calle estaba desierta. Corría llorando como un condenado. Exhausto y con una angustia que me ahogaba, desemboqué en el bulevar Saint Germain. Para llegar a mi hotelito de la Rue de la Harpe me faltaba un buen trecho. Transpirando a chorros y arrastrando con torpeza las babuchas del disfraz, caí sentado en un sardinel y, mientras lloraba amargamente rememoré una canción muy antigua. Mi familia ponía aquel primitivo disco de carbón de 78 rpm en uno de esos gramófonos de corneta RCA Víctor. Mis padres la escuchaban con tanta frecuencia que, a pesar de mis cortos años, me la aprendí de paporreta:
«Una noche triste estaba Pierrot,
cantando a la luna sus quejas de amor,
todas las estrellas lloraba con él,
por la Colombina que fue tan infiel.
Y yo que escuchaba su triste canción,
le dije "tu pena...es mi pena de amor...
somos compañeros del mismo dolor...
por la Colombina que nos traicionó"...
Pierrot...Pierrot...
que cantas tu triste dolor,
también de amor,
canto la tristeza de mi corazón.
Por una mujer hermosa y divina
que cruel... como Colombina,,,
también destrozó mi amor.
Ya ves...Pierrot...
que daño nos causa el amor,
pero, sin él...
sin él nuestras Colombinas
morirían también.»
Ω
Paris, 1962.
El verde bulle a rabiar. Los árboles del Barrio Latino reverdecen en toda su potencia con los primeros brotes y cogollos de la primavera en agraz. La gente marca festivas trancadas por la amplia acera del Bulevar Saint Michel. Todos parecen estrenar miradas brillantes con un no sé qué de regocijo vital. Parlantes ubicuos difunden «Cuando calienta el sol». Un éxito de los Hermanos Rigual.
Estoy solitario en una mesa de la terraza del bistró “La Favorite” de Saint Michel. Una esbelta criatura vestida de punta en blanco (aquí entre nos, un dulce pimpollo) pasa a mi lado. Su cálido muslo roza ligeramente mi hombro. Me zambullo en la estela que deja su fragancia, la aspiro la hasta las heces y automáticamente entro en la región del virtual devaneo. Con cimbreante vaivén el angelito no parece caminar. No. Más bien desliza su estilizada figura, levita, flota hasta posarse, muy femenil toda ella, en una mesita adosada a la pared. Justo enfrente a la mía.
Son las seis con veinticinco del aún soleado atardecer. La cabellera chivilla de la damita de blanco se derrama en dos vertientes que encuadran la perfección oval de su rostro. Tez fresca y limpia como la lluvia. Sin esperar su pedido, el garçon le sirve una taza de té acompañada con croissants. Cómo le asienta ese rayo de sol crepuscular que recorta en diagonal su clásico perfil. Cuando oprime la boquita con la taza, su labio se convierte en el botón reventón de un alhelí patinado por el rocío.
Ha pasado media hora y no le he quitado el ojo. Ella no ha dejado de chequear su relojito. Y cada vez con mayor ansiedad. Sospecho, algún mequetrefe ha dejado plantada a esta maravilla de la naturaleza. Deseo fervientemente acercarme, jugarme un lance. Soy tímido por naturaleza y, por inferencia, tanto más con las mujeres. Además, mi paupérrimo francés es de lástima. Entonces, para darme brío, termino mi intrépida copa de beaujolais (la cuarta de la tarde). Nada. No me atrevo ni de caulas. Parece que este carburante vinícola es inicuo para el estimulo de cualquier arresto donjuanesco.
Ella, con extrema delicadeza, como para asir una mariposa por las alas, saca un pañuelito de su cartera y enjuga una “furtiva lagrima” que aljofara su mejilla. Sin pausa ni tregua, al advertir su congoja me embucho dos copas más. Ah, no. Ahora sí me aviento… ¡nadie ni nada me para!
– Mademoiselle… ¿acaso está indispuesta?
– Oh…oui, monsieur…estoy deshecha…
Caramba, me sorprendí, mi osada comparecencia ante esta ricurita fue más simple de lo que imaginé. Envalentonado, sin solicitar su venia, tomé asiento a su lado. En cuanto mi princesita hubo de serenarse un poco, solo un poquitín, me narró –entre balbuceos lacrimosos– su desencantado drama. Claro, algo predecible por trillado. Cuitas de amor y sus adláteres. Era la tercera vez que había sido desdeñada por un galancete del cual, dijo, estaba enamorada hasta el tuétano. En fin, como no me las doy de Corín Tellado mejor me salto esta prosaica valla. Más bien intentaré resumir la ocurrencia posterior en esa misma noche.
Mi estrategia persuasiva se desovilló sin palabreos ni esfuerzos, como nunca hubiese soñado. El asunto es que, al cabo de poco tiempo la niña había cobrado total serenidad. Sin ambages, me confió, mi nombre es Sophie. Yo retruqué, nombre interesante… ¿sabes? “sophia”, en griego clásico significa sabiduría. Y con estas palabras ejecuté el gambito de lujo que se requería, una jugada de gran maestro. En un santiamén, resplandeció con una y única sonrisa exquisita. Y mi dubitativo corazón se iluminó hasta el último resquicio.
•••
Nos paseamos de noche por el Quartier Latin. Surgieron callecitas escondidas, silenciosas. Ahora la amo como nunca. Cuando habla. Cuando queda en silencio. Cuando gesticula enigmática. En esta zona de la noche puede ocurrir cualquier cosa, hasta un prodigio. ¿Quieres que te rapte? le pregunté en la Rue Monsieur Le Prince. ¡No!, me respondió, impávida, como si le hubiese preguntado, tienes calor. De improviso saltó en un pie, mientras gritaba jubilosa, quiero divertirme, quiero olvidar, quiero bailar hasta morir. Llévame a una fiesta de disfraces. Hoy se celebra una en el club La Grande Severin , aquí cerquita. ¿Fiesta de disfraces? ¿y los disfraces…? inquirí. En la Rue Soufflot los alquilan, me informó.
‘Polichinelle’, se llamaba el pequeño local. Olía a pura naftalina y alcanfor. Nos recibió su dueño, un viejo rollizo, paticorto y cabezón, con gafas redondas de acero. Solícito y zalamero hasta la melosidad, nos atendió a conciencia. Fue extrayendo la mar de variopintos disfraces, bucaneros, Ulises y su Penélope, tiroleses, clowns y payasos, María Antonieta y su Luis XVI, hawaianos, Napoleón y su Josefina, gitanos, Quijote y su Dulcinea… en fin, todo un desfile de variopintos vestuarios. Empero, mi dulce Sophie los rechazaba sistemáticamente sin siquiera mirarlos.
¡Ya sé! exclamó de pronto Sophie. Pierrot y Colombina, eso es muy romántico ¿no? Ah, por supuesto, sonrió el viejo, cómo no voy a tener eso. Colombina, Arlequín y Pierrot son los tres representantes de la Comedia Italiana. ¡mi bella tierra! Colombina, hija de Casandro, amante de Arlequín, personaje cómico, que lleva mascarilla negra, y traje hecho de retazos romboides multicolores. Casualmente, lo que son las cosas, acabo de alquilar un disfraz de Arlequín.
Sophie quedó preciosa, más bella imposible, con su ropaje blanquinegro. Y yo, al ver mi facha en el espejo, sentí escalofríos de vergüenza. Me sentí como un grotesco fantoche pero, con tal de no contrariar a mi Colombina, no me quedó otra que salir resignado del probador. Pero mírate, estás lindo, me dijo mi maravillosa Colombina. ¡Un momento! terció el viejo, a ambos les falta algo imprescindible. Soltando resoplidos, el gordo trepó por una escala y bajó una caja debidamente etiquetada. Jovencitos, nos dijo, ustedes tienen suerte. Justamente, acabo de adquirir unas máscaras de un látex muy especial. Son extremadamente realistas, además se adhieren a la piel de tal manera, que reproducen a la perfección los gestos y las expresiones. Nadie diría que son máscaras, tienen una textura idéntica al cutis.
Dicho y hecho, nos embutió bajo la sutil epidermis del látex, que, en efecto, la sentí como mi propia piel. Al verme así, enmascarado, la Colombina se llevó la mano a la boca para evitar una risotada. Pero no pudo contener las lágrimas que, por ironía, también produce la risa desaforada. Me corroía la curiosidad para apreciar mi cara potiza. Regresé al probador para verme en el espejo.
Quedé congelado, tenía una fisonomía abstracta, si cabe la expresión. Un rostro impasible de facciones regulares, increíblemente realista, perfectamente diseñado, pero… no tenía nada de humano. No expresaba tristeza, ni alegría, ni asombro. No obstante, en insólita contraposición, parecía tener vida propia. Algo indecible. El impacto recibido, sumado a la incontenible y ahora descarada risa de Sophie, casi me produce un shock desbastador. Caí en un estado de suspensión en el uso del pensamiento. Y tanto fue así, que no recuerdo como llegamos a fiesta de La Grande Severin.
El bullicio del salón del club y del revuelo que causó mi presencia, de sopetón me hizo salir del limbo en que me encontraba. Los muchachos y muchachas se mataban de la risa con solo verme. Luego, en grupos compactos me rodearon en una nube atronadora de crueles risotadas, me arrinconaron como un ratón cercado por un grupo de gatos hambrientos. Comenzaron a darme vueltas y más vueltas hasta el vértigo, me empujaban, me pellizcaban, sin parar de burlarse y reírse a carcajada limpia. Y entre ese tumulto avasallador, perdí por completo la orientación… pero también se refundió mi Colombina. Finalmente, cuando se cansaron de tanta burla y me dejaron tranquilo.
Me encontré terriblemente aislado, con gran indignación y a la vez con cierto miedo. Fue entonces que percibí a Sophie entre la multitud de parejas que bailaban con frenesí. Ella, sí, ella misma. Mi Colombina, rodeaba con sus brazos el cuello de un Arlequín. Enseguida, ambos se despojaron de sus máscaras y se confundieron en un larguísimo y apasionado beso.
En raciocinio instantáneo, caí en la cuenta de la comedia en la que yo había desempeñado el papel de víctima propiciatoria. Recordé lo que el dueño de ‘Polichinelle’ había dicho sobre el disfraz de arlequín. Y no cabía duda, ella sabía muy bien que su galancete era el que lo había alquilado. Todo había sido una argucia de Sophie. La muy intrigante, con su airecito angelical, me había manipulado a su antojo. Mi instinto primitivo de macho engañado me impulsó a acercarme a la traidora para ponerle las orejas coloradas. Sin embargo –felizmente–, el muro humano que los rodeaba, nuevamente comenzó a burlarse de mí. Esto me controló y paró en seco mis arrestos biliares.
Me encerré en el baño de caballeros. Para mi suerte lo encontré vacío. El espejo reflejó mi patética imagen. De una buena vez, resolví sacarme la maldita máscara pero me resultó imposible. Traté de arrancarla empleando todas las formas posibles. Ni con agua y jabón lo conseguí. Comprobé que algo extraño había sucedido. Quizás, pensé aterrado, por una reacción química el sudor de mi cara en contacto con el látex se había producido algún tipo de pegamento tremendamente fuerte. Fue tal mi desazón que no pude contener las lágrimas. Desesperado, me cubrí la cara con las manos y salí del local huyendo como un delincuente.
A esa hora la calle estaba desierta. Corría llorando como un condenado. Exhausto y con una angustia que me ahogaba, desemboqué en el bulevar Saint Germain. Para llegar a mi hotelito de la Rue de la Harpe me faltaba un buen trecho. Transpirando a chorros y arrastrando con torpeza las babuchas del disfraz, caí sentado en un sardinel y, mientras lloraba amargamente rememoré una canción muy antigua. Mi familia ponía aquel primitivo disco de carbón de 78 rpm en uno de esos gramófonos de corneta RCA Víctor. Mis padres la escuchaban con tanta frecuencia que, a pesar de mis cortos años, me la aprendí de paporreta:
«Una noche triste estaba Pierrot,
cantando a la luna sus quejas de amor,
todas las estrellas lloraba con él,
por la Colombina que fue tan infiel.
Y yo que escuchaba su triste canción,
le dije "tu pena...es mi pena de amor...
somos compañeros del mismo dolor...
por la Colombina que nos traicionó"...
Pierrot...Pierrot...
que cantas tu triste dolor,
también de amor,
canto la tristeza de mi corazón.
Por una mujer hermosa y divina
que cruel... como Colombina,,,
también destrozó mi amor.
Ya ves...Pierrot...
que daño nos causa el amor,
pero, sin él...
sin él nuestras Colombinas
morirían también.»
Ω
miércoles, 28 de abril de 2010
RIKPIK
Rikpik es hijo y discípulo de la calle. En ella fue parido. Ahí vive y mora. Tiene una muy particular perspectiva sobre su existencia. Discurre y obra siempre acorde a sus principios perceptivos y olfativos. En esencia, se trata de un ser sui géneris. Imprevisible.
•
En uno de sus raptos de inspiración, de un solo salto traspuso la tapia que circunda el jardín de una suntuosa mansión. Rikpik tiene hambre. Y cuando ese hueco feral muerde su barriga todo lo demás carece de importancia. Posee una conciencia suficientemente dúctil para no alojar miedos ni remordimientos.
Echó una mirada panorámica para abarcar el inmenso parterre donde se encontraba. Entre los múltiples “senderos que se bifurcan”, vio unas matas tupidas. Y, como su corpachón también traía un calor insoportable, antes que nada le provocó refrescarse. Sin más trámites, se tendió bajo espesura de las frondas.
De súbito, presintió que alguien se acercaba. No se equivocó. Una niña como de seis años se aproximó con curiosidad. Se detuvo, perpleja. Estrechó a su muñeca con todas sus fuerzas. La defenderla de todo peligro. Después de unos segundos de vacilación, la pequeña preguntó.
– ¿De quién son esas piernas?
Rikpik sopesó la capacidad de riesgo que representaba la minúscula intrusa. Luego de un silencio, empleó su sabiduría callejera. Tomar la iniciativa. Al igual que en las peleas, el golpe madrugador define la victoria. Ese era su lema fundamental.
– ¿Y se puede saber quién eres tú?
– ¿Esas piernitas peludas son tuyas?
– Claro, de quién más van a ser.
– ¿Y que haces aquí?
– ¿Yo?... pues, acordarme de mi abuela.
– ¿De tu abuelita? ¿Y dónde está tu abuelita?
– Dónde ha de estar, pues. En su palacio.
– ¿Y por qué estás echado ahí?
– ¿No te has dado cuenta que estoy muy cansado?
– ¿Sí? ¿Te duelen las piernecitas?
– Vaya que me duelen. Estoy rendido.
En el enorme azul de los ojos de la pequeña se vislumbró una hermosa compasión. Pero, de inmediato, recordó las instrucciones de su mamá. No podía hablar con nadie sin haber sido presentada. Observando la mayor cortesía le extendió la mano:
– Permítame que me presente. Mi nombre es Úrsula, mucho gusto.
La enorme y callosa mano de Rikpik devoró en un puñado esa delicada manecita.
– Ahora deseo presentarte a mi hijita. Se llama Titina – le acercó su muñeca– No le tengas miedo, ella no es de carne…
– ¿De veras? ¿Estás segura?
– Mírala, pobrecita. Titina tiene una herida en su bracito. Si quieres jugar al médico puedes curarla…
– Dámela, vamos a ver qué tratamiento le damos.
Rikpik fingió examinar a la muñeca. Pero, en realidad, estaba acechando de reojo a la pequeña Úrsula. No. No llevaba ni pulsera, ni aretes, ni prendedores. Sus zapatos y sus botitas lucían nuevas. Pero no valían gran cosa.
•
Se escucharon algunas voces a la distancia. Rikpik soltó la muñeca y con cierta inquietud miró hacia la casa:
– ¿Quién anda por ahí?
– No es aquí. Es en la casa del vecino. Mi papá y mi mamá se han ido de visita.
– ¿Sí? ¿Y tu niñera?
– Ella me ha dicho que me porte bien, que no demora en regresar. Es que tenía que hablar con su militar.
– ¿Qué militar?
– El suyo.
– ¿Su novio? ¿un policía?
– ¡No, no, su militar!
La niña quedó un momento en silencio. Luego, imitando los atildados modales de los mayores, comentó.
– Mi mamá se alegrará un horror de conocerte… La esperarás, ¿verdad?
– Veremos…
– ¿Por qué no jugamos algo mientras llega?
– Y a qué hora llegará
– Bueno… creo que a las seis o siete. Mientras tanto ¿le gustaría jugar conmigo? Podemos jugar al escondite, a los ladrones y policías, a la comidita…
– ¡Sí, la comida! ¡Ese juego sí me gusta!
– Claro que sí. Las señoras educadas deben servirle algún manjar a sus invitados.
Qué bien le cayó la palabra manjar a Rikpik. Los jugos gástricos comenzaron a ejercer su función a toda mecha.
– Ven, acompáñame…
Y la chica lo llevó de la mano hasta una cabañita, junto al muro que colindaba con la calle. Un solo ambiente, dispuesto como un rústico comedor. Lo hizo sentarse a la mesa, le puso cubiertos, servilletas y un plato vacío.
– Sírvete con confianza, amigo mío…
Luego Úrsula tomó asiento al frente de él. Muy atildada, apoyó la mejilla en su manita, para continuar con la cháchara:
– Sabrás perdonarme, pero estas cocineras son una calamidad. Si notas que la carne se ha quemado tendré que echar a esa inútil.
Al comprobar que el invitado se quedaba inmóvil mirando el plato, Úrsula reclamó:
– ¡Pero es que no sabes jugar! Tú deberías responderme: «Pero señora, si la carne está exquisita, no se preocupe».
– Aquí no veo ninguna carne con papitas…
– Y eso qué importa, sonso… ¿acaso no estamos jugando?
– ¡Ah, no, yo no acostumbro jugar así! Mis amiguitas siempre me sirven algo exquisito. Algo de verdad…que se pueda masticar.
– Ah, bueno… Veré qué hay en la alacena. Voy a buscar.
Úrsula pensaba que este hombre era muy raro. De seguro nunca le habían enseñado a jugar como los niños. Arrastró su silla hasta la alacena, se empinó sobre el asiento y dio una mirada.
– Lo siento mucho, amigo. No hay ningún dulce. Ni chocolates ni pastelitos. Solo una empanada, un pollo, un tamal. También hay huevos duros y algunos panes. Nada rico.
– No importa, a falta de otra cosa todo viene bien. La chica sirvió todo en una fuente y la puso al centro de la mesa.
– Sírvase con confianza. No gaste ceremonias, y si encuentra algo que…
Ante la atónita mirada de la chiquilla, Rikpik, con voracidad de oso hambriento, dio cuenta de todo. No dejó ni la grasa. Porque hasta lambrusqueó el plato. Lo dejó como recién lavado. Úrsula, volvió a interpretar su papel de anfitriona:
– ¿Ha quedado usted satisfecho, buen amigo?
– Bueno, más o menos. Dime, señora: ¿habría algo de beber?
– Ah… ahora tiene sed. No, no hay refrescos. Si desea te puedo traer un vaso de agua… Pero antes, permítame que le limpie su boquita, está llena de grasa y con pedacitos de comida.
Con toda la delicadeza del mundo, la niña tomó una servilleta y procedió a limpiarle la boca, casi con ternura.
– Listo, ahora veré si encuentro algo para tu sed.
La chica abrió la puerta de una alacena y sacó una botella de whisky.
– Qué pena, solo hay licor, no creo que esto le calme la sed.
– Venga la botella, a mí todo me quita la sed.
Rikpik colmó la copa hasta el rebalse y de un solo trago se zampó el íntegro del escocés. Exhaló un ventarrón inmoderado. Descerrajó a bocajarro un estruendoso eructo. Con el adecuado disimulo que otorga la educación, Úrsula no dio señal de incomodidad alguna. Pero ahí no quedó el asunto, Rikpik, cogiendo, una vez más la botella, le dijo:
– Con el permiso de usted, señora, voy a echarme otra copita
Úrsula se reafirmó en su idea. Este señor no sabe las reglas del juego de las visitas. Supuso que lo indicado sería irle enseñando de a pocos.
– ¿No sabes jugar? Mira, tú deberías esperar a que yo te invite: «¿Desea otra copita? No se niegue, por favor. Estamos en confianza. Mientras que usted calma su sed, voy a servirle otra exquisitez…»
Cuando la niña fue a buscar un plato adicional, Rikpik se embuchó la copa y de paso se birló el tenedor y el cuchillo. Buen ojo, eran de plata maciza.
•
– Oye amigo, quizás quieres jugar a otra cosa más entretenida.
– ¿A qué?
– ¡ A los ladrones ¡
Con esta propuesta se le cortó el aliento a Rikpik. Parece que esta enana me ha descubierto, presintió. Semejante juego con una niñita sería una profanación a la dignidad de su oficio.
– ¿Y cómo se juega a eso?
– Facilito. Tú serás el ladrón. Cuando me ataques te gritaré, Llévate el dinero y las alhajas, pero por caridad no mates a Titina.
– ¿A qué Titina?
– A mi hijita, mi muñeca, pues…
– Bueno, bueno. Escóndete. Pero antes tienes que ponerte una sortija y un prendedor. Cualquier joyita…
– ¿Para qué?
– ¡Cómo! ¿No ves que soy el ladrón? Para quitártelos.
– No seas así. Aunque yo no tenga nada tú haces como que me los quitas.
– No, yo no puedo jugar así.
– ¡Jesús, que tonto eres! Bueno, espera un ratito. Voy al cuarto de mi mamá para sacar las joyas.
– Si hay unos aretes también te los pones.
– Puede ser, ya vengo. Pero… quizás, amigo mío, desearías que te sirva algo más…
– No. Ya estoy repleto. He tragado como un animal.
– ¡Por Dios! Deberías contestar, Le agradezco infinitamente, pero me encuentro más que satisfecho.
Úrsula fue a buscar los objetos para el juego del ladrón. Mientras caminaba hacia la casa, en voz baja le susurró a su muñeca:
– Ay, Titina, qué señor más extraño. Espero que cuando crezcas no sigas su mal ejemplo.
•
Pasó un tiempo. Fue un mediodía de un día cualquiera. Rikpik pasó cerca a un parque. Le provocó derrumbarse bajo de un árbol. Una siestita no le vendría nada mal. Y lo hizo tal como lo pensó. Quedó dormido como roca.
Al abrir los ojos, el lugar estaba lleno de niños, acompañados de sus amas con uniformes impecables. Rikpic había dormido casi cuatro horas. Aturdido, miró el ambiente. Se rascó la pelambrera, sacudiéndose la grama seca. No muy lejos, vio a una niñera absorta en la lectura de una revista. Algunos pasos más allá dos niñitas, como de tres o cuatro años, jugaban con unas bolitas de colores. Sobre el césped, yacía una linda muñeca, Era más grande que las niñas. Reptó con sigilo, hasta apercollar la gran muñeca. Luego, con toda tranquilidad del mundo, Rikpik se hizo humo. Nadie lo vio.
Esa misma tarde, cuando el crepúsculo dominaba el cielo, Rikpik escribió en un enorme papel:
«Señorita Úrsula, te regalo como recuerdo mío esta muñequita para que juegue con tu hijita, la Titina. Te recordaré siempre con mucho cariño y si me he llevado algunas cositas, de tu casa, por favor perdóname. Las necesitaba. Que seas muy feliz. Tu amigo, El Ladrón».
Fijó el papel con un imperdible en la faldita de la muñeca. Y, con sumo cuidado, la deslizó por encima del muro que flanquea el jardín de Úrsula.
Ω
•
En uno de sus raptos de inspiración, de un solo salto traspuso la tapia que circunda el jardín de una suntuosa mansión. Rikpik tiene hambre. Y cuando ese hueco feral muerde su barriga todo lo demás carece de importancia. Posee una conciencia suficientemente dúctil para no alojar miedos ni remordimientos.
Echó una mirada panorámica para abarcar el inmenso parterre donde se encontraba. Entre los múltiples “senderos que se bifurcan”, vio unas matas tupidas. Y, como su corpachón también traía un calor insoportable, antes que nada le provocó refrescarse. Sin más trámites, se tendió bajo espesura de las frondas.
De súbito, presintió que alguien se acercaba. No se equivocó. Una niña como de seis años se aproximó con curiosidad. Se detuvo, perpleja. Estrechó a su muñeca con todas sus fuerzas. La defenderla de todo peligro. Después de unos segundos de vacilación, la pequeña preguntó.
– ¿De quién son esas piernas?
Rikpik sopesó la capacidad de riesgo que representaba la minúscula intrusa. Luego de un silencio, empleó su sabiduría callejera. Tomar la iniciativa. Al igual que en las peleas, el golpe madrugador define la victoria. Ese era su lema fundamental.
– ¿Y se puede saber quién eres tú?
– ¿Esas piernitas peludas son tuyas?
– Claro, de quién más van a ser.
– ¿Y que haces aquí?
– ¿Yo?... pues, acordarme de mi abuela.
– ¿De tu abuelita? ¿Y dónde está tu abuelita?
– Dónde ha de estar, pues. En su palacio.
– ¿Y por qué estás echado ahí?
– ¿No te has dado cuenta que estoy muy cansado?
– ¿Sí? ¿Te duelen las piernecitas?
– Vaya que me duelen. Estoy rendido.
En el enorme azul de los ojos de la pequeña se vislumbró una hermosa compasión. Pero, de inmediato, recordó las instrucciones de su mamá. No podía hablar con nadie sin haber sido presentada. Observando la mayor cortesía le extendió la mano:
– Permítame que me presente. Mi nombre es Úrsula, mucho gusto.
La enorme y callosa mano de Rikpik devoró en un puñado esa delicada manecita.
– Ahora deseo presentarte a mi hijita. Se llama Titina – le acercó su muñeca– No le tengas miedo, ella no es de carne…
– ¿De veras? ¿Estás segura?
– Mírala, pobrecita. Titina tiene una herida en su bracito. Si quieres jugar al médico puedes curarla…
– Dámela, vamos a ver qué tratamiento le damos.
Rikpik fingió examinar a la muñeca. Pero, en realidad, estaba acechando de reojo a la pequeña Úrsula. No. No llevaba ni pulsera, ni aretes, ni prendedores. Sus zapatos y sus botitas lucían nuevas. Pero no valían gran cosa.
•
Se escucharon algunas voces a la distancia. Rikpik soltó la muñeca y con cierta inquietud miró hacia la casa:
– ¿Quién anda por ahí?
– No es aquí. Es en la casa del vecino. Mi papá y mi mamá se han ido de visita.
– ¿Sí? ¿Y tu niñera?
– Ella me ha dicho que me porte bien, que no demora en regresar. Es que tenía que hablar con su militar.
– ¿Qué militar?
– El suyo.
– ¿Su novio? ¿un policía?
– ¡No, no, su militar!
La niña quedó un momento en silencio. Luego, imitando los atildados modales de los mayores, comentó.
– Mi mamá se alegrará un horror de conocerte… La esperarás, ¿verdad?
– Veremos…
– ¿Por qué no jugamos algo mientras llega?
– Y a qué hora llegará
– Bueno… creo que a las seis o siete. Mientras tanto ¿le gustaría jugar conmigo? Podemos jugar al escondite, a los ladrones y policías, a la comidita…
– ¡Sí, la comida! ¡Ese juego sí me gusta!
– Claro que sí. Las señoras educadas deben servirle algún manjar a sus invitados.
Qué bien le cayó la palabra manjar a Rikpik. Los jugos gástricos comenzaron a ejercer su función a toda mecha.
– Ven, acompáñame…
Y la chica lo llevó de la mano hasta una cabañita, junto al muro que colindaba con la calle. Un solo ambiente, dispuesto como un rústico comedor. Lo hizo sentarse a la mesa, le puso cubiertos, servilletas y un plato vacío.
– Sírvete con confianza, amigo mío…
Luego Úrsula tomó asiento al frente de él. Muy atildada, apoyó la mejilla en su manita, para continuar con la cháchara:
– Sabrás perdonarme, pero estas cocineras son una calamidad. Si notas que la carne se ha quemado tendré que echar a esa inútil.
Al comprobar que el invitado se quedaba inmóvil mirando el plato, Úrsula reclamó:
– ¡Pero es que no sabes jugar! Tú deberías responderme: «Pero señora, si la carne está exquisita, no se preocupe».
– Aquí no veo ninguna carne con papitas…
– Y eso qué importa, sonso… ¿acaso no estamos jugando?
– ¡Ah, no, yo no acostumbro jugar así! Mis amiguitas siempre me sirven algo exquisito. Algo de verdad…que se pueda masticar.
– Ah, bueno… Veré qué hay en la alacena. Voy a buscar.
Úrsula pensaba que este hombre era muy raro. De seguro nunca le habían enseñado a jugar como los niños. Arrastró su silla hasta la alacena, se empinó sobre el asiento y dio una mirada.
– Lo siento mucho, amigo. No hay ningún dulce. Ni chocolates ni pastelitos. Solo una empanada, un pollo, un tamal. También hay huevos duros y algunos panes. Nada rico.
– No importa, a falta de otra cosa todo viene bien. La chica sirvió todo en una fuente y la puso al centro de la mesa.
– Sírvase con confianza. No gaste ceremonias, y si encuentra algo que…
Ante la atónita mirada de la chiquilla, Rikpik, con voracidad de oso hambriento, dio cuenta de todo. No dejó ni la grasa. Porque hasta lambrusqueó el plato. Lo dejó como recién lavado. Úrsula, volvió a interpretar su papel de anfitriona:
– ¿Ha quedado usted satisfecho, buen amigo?
– Bueno, más o menos. Dime, señora: ¿habría algo de beber?
– Ah… ahora tiene sed. No, no hay refrescos. Si desea te puedo traer un vaso de agua… Pero antes, permítame que le limpie su boquita, está llena de grasa y con pedacitos de comida.
Con toda la delicadeza del mundo, la niña tomó una servilleta y procedió a limpiarle la boca, casi con ternura.
– Listo, ahora veré si encuentro algo para tu sed.
La chica abrió la puerta de una alacena y sacó una botella de whisky.
– Qué pena, solo hay licor, no creo que esto le calme la sed.
– Venga la botella, a mí todo me quita la sed.
Rikpik colmó la copa hasta el rebalse y de un solo trago se zampó el íntegro del escocés. Exhaló un ventarrón inmoderado. Descerrajó a bocajarro un estruendoso eructo. Con el adecuado disimulo que otorga la educación, Úrsula no dio señal de incomodidad alguna. Pero ahí no quedó el asunto, Rikpik, cogiendo, una vez más la botella, le dijo:
– Con el permiso de usted, señora, voy a echarme otra copita
Úrsula se reafirmó en su idea. Este señor no sabe las reglas del juego de las visitas. Supuso que lo indicado sería irle enseñando de a pocos.
– ¿No sabes jugar? Mira, tú deberías esperar a que yo te invite: «¿Desea otra copita? No se niegue, por favor. Estamos en confianza. Mientras que usted calma su sed, voy a servirle otra exquisitez…»
Cuando la niña fue a buscar un plato adicional, Rikpik se embuchó la copa y de paso se birló el tenedor y el cuchillo. Buen ojo, eran de plata maciza.
•
– Oye amigo, quizás quieres jugar a otra cosa más entretenida.
– ¿A qué?
– ¡ A los ladrones ¡
Con esta propuesta se le cortó el aliento a Rikpik. Parece que esta enana me ha descubierto, presintió. Semejante juego con una niñita sería una profanación a la dignidad de su oficio.
– ¿Y cómo se juega a eso?
– Facilito. Tú serás el ladrón. Cuando me ataques te gritaré, Llévate el dinero y las alhajas, pero por caridad no mates a Titina.
– ¿A qué Titina?
– A mi hijita, mi muñeca, pues…
– Bueno, bueno. Escóndete. Pero antes tienes que ponerte una sortija y un prendedor. Cualquier joyita…
– ¿Para qué?
– ¡Cómo! ¿No ves que soy el ladrón? Para quitártelos.
– No seas así. Aunque yo no tenga nada tú haces como que me los quitas.
– No, yo no puedo jugar así.
– ¡Jesús, que tonto eres! Bueno, espera un ratito. Voy al cuarto de mi mamá para sacar las joyas.
– Si hay unos aretes también te los pones.
– Puede ser, ya vengo. Pero… quizás, amigo mío, desearías que te sirva algo más…
– No. Ya estoy repleto. He tragado como un animal.
– ¡Por Dios! Deberías contestar, Le agradezco infinitamente, pero me encuentro más que satisfecho.
Úrsula fue a buscar los objetos para el juego del ladrón. Mientras caminaba hacia la casa, en voz baja le susurró a su muñeca:
– Ay, Titina, qué señor más extraño. Espero que cuando crezcas no sigas su mal ejemplo.
•
Pasó un tiempo. Fue un mediodía de un día cualquiera. Rikpik pasó cerca a un parque. Le provocó derrumbarse bajo de un árbol. Una siestita no le vendría nada mal. Y lo hizo tal como lo pensó. Quedó dormido como roca.
Al abrir los ojos, el lugar estaba lleno de niños, acompañados de sus amas con uniformes impecables. Rikpic había dormido casi cuatro horas. Aturdido, miró el ambiente. Se rascó la pelambrera, sacudiéndose la grama seca. No muy lejos, vio a una niñera absorta en la lectura de una revista. Algunos pasos más allá dos niñitas, como de tres o cuatro años, jugaban con unas bolitas de colores. Sobre el césped, yacía una linda muñeca, Era más grande que las niñas. Reptó con sigilo, hasta apercollar la gran muñeca. Luego, con toda tranquilidad del mundo, Rikpik se hizo humo. Nadie lo vio.
Esa misma tarde, cuando el crepúsculo dominaba el cielo, Rikpik escribió en un enorme papel:
«Señorita Úrsula, te regalo como recuerdo mío esta muñequita para que juegue con tu hijita, la Titina. Te recordaré siempre con mucho cariño y si me he llevado algunas cositas, de tu casa, por favor perdóname. Las necesitaba. Que seas muy feliz. Tu amigo, El Ladrón».
Fijó el papel con un imperdible en la faldita de la muñeca. Y, con sumo cuidado, la deslizó por encima del muro que flanquea el jardín de Úrsula.
Ω
martes, 20 de abril de 2010
MANITAS
Cinco y media de una mañana que congelaba hasta el tuétano. Y eso qué diantre le importa a Ponciano. A quien madruga… se dice. Y salta del catre como un resorte. Tiene que ser muy puntual. En su trabajo esa es la llave de oro. Además, repitiendo su letanía, a quien madruga. Su mujer se rasquetea la panza, se refriega los ojos. Le pregunta, ¿Ya te despertaste? Ponciano contesta, No, acaso no ves que sigo durmiendo.
El hombre se lava la cara como gato. Se arropa. Baja un botellón de la repisa y sirve medio copón con aguardiente de caña, ese que patea como mula. Para él es como agua. Se embute un bizcocho con un café. Vuelta a llenar el copón, y adentro con la segunda, se dice. Y sale a la calle como un rayo.
En la esquina está el paradero del ómnibus con la infalible multitud de sufridos esperadores. Al fin llega el transporte. Todos pugnan por treparse. En un tris se repleta el carromato, se aglomeran como pueden. Ponciano sonríe, hoy comienza bien el día, piensa. Veinte minutos con un tráfico endemoniado. El ómnibus se detiene. Ponciano se abre camino a codazos y se apea en el paradero de la Plaza de La Libertad. Camina por la calle con premura. Llega al paradero del tranvía. Lo coge al vuelo y se mete en la masa humana que desborda el vagón. Treintaicinco minutos sobre rieles. Ponciano, baja del tranvía. A toda carrera llega a la estación del metro. Otro viajecito incrustado en la pelota de pasajeros. Baja y toma un microbús. Y luego otro y otro… hasta que termina la hora punta
Sudoroso y fatigado, Ponciano entra a una taberna. Consume una jarra de cerveza y una salchicha. Luego, a paso cansino, regresa a su casa. Hola gorda, le dice a su mujer. Y cómo te fue hoy, Ponci, lo interroga. Por toda respuesta, el hombre hurga, uno por uno, los bolsillos de su abrigo, saco y pantalón. Con indiferente parsimonia va depositando en la mesa, pulseras, relojes, billeteras, collares, monedas. Como verás, Lola, nada mal, la cosecha ha sido abundante. Ay, que regio, entonces me voy a que me peinen, me maquillen, chilló Lola goteándose de felicidad, y en la nochecita podemos ir al casino y de allí me llevas a comer a un buen restorán. Ponciano, sonrió satisfecho, Claro que sí caramelito mío, lo que tú quieras.
Y de pronto, Ponciano soltó una estentórea carcajada. De qué te ríes, cuál es la gracia, ella le preguntó intrigada. Nada, nada…, le dijo él, tratando de contener sus hipadas de risa. Solo me estoy acordando de la profesora de mi escuelita. Como yo acostumbraba tener las manos en mis bolsillos y ella me reñía diciéndome: «Tú deberías llamarte Manitas, ¡Las manos en los bolsillos! ¡Las manos siempre en los bolsillos! ¡Jamás conseguirás nada en la vida con las manos siempre en los bolsillos! ¡Nada!»
Ω
El hombre se lava la cara como gato. Se arropa. Baja un botellón de la repisa y sirve medio copón con aguardiente de caña, ese que patea como mula. Para él es como agua. Se embute un bizcocho con un café. Vuelta a llenar el copón, y adentro con la segunda, se dice. Y sale a la calle como un rayo.
En la esquina está el paradero del ómnibus con la infalible multitud de sufridos esperadores. Al fin llega el transporte. Todos pugnan por treparse. En un tris se repleta el carromato, se aglomeran como pueden. Ponciano sonríe, hoy comienza bien el día, piensa. Veinte minutos con un tráfico endemoniado. El ómnibus se detiene. Ponciano se abre camino a codazos y se apea en el paradero de la Plaza de La Libertad. Camina por la calle con premura. Llega al paradero del tranvía. Lo coge al vuelo y se mete en la masa humana que desborda el vagón. Treintaicinco minutos sobre rieles. Ponciano, baja del tranvía. A toda carrera llega a la estación del metro. Otro viajecito incrustado en la pelota de pasajeros. Baja y toma un microbús. Y luego otro y otro… hasta que termina la hora punta
Sudoroso y fatigado, Ponciano entra a una taberna. Consume una jarra de cerveza y una salchicha. Luego, a paso cansino, regresa a su casa. Hola gorda, le dice a su mujer. Y cómo te fue hoy, Ponci, lo interroga. Por toda respuesta, el hombre hurga, uno por uno, los bolsillos de su abrigo, saco y pantalón. Con indiferente parsimonia va depositando en la mesa, pulseras, relojes, billeteras, collares, monedas. Como verás, Lola, nada mal, la cosecha ha sido abundante. Ay, que regio, entonces me voy a que me peinen, me maquillen, chilló Lola goteándose de felicidad, y en la nochecita podemos ir al casino y de allí me llevas a comer a un buen restorán. Ponciano, sonrió satisfecho, Claro que sí caramelito mío, lo que tú quieras.
Y de pronto, Ponciano soltó una estentórea carcajada. De qué te ríes, cuál es la gracia, ella le preguntó intrigada. Nada, nada…, le dijo él, tratando de contener sus hipadas de risa. Solo me estoy acordando de la profesora de mi escuelita. Como yo acostumbraba tener las manos en mis bolsillos y ella me reñía diciéndome: «Tú deberías llamarte Manitas, ¡Las manos en los bolsillos! ¡Las manos siempre en los bolsillos! ¡Jamás conseguirás nada en la vida con las manos siempre en los bolsillos! ¡Nada!»
Ω
sábado, 17 de abril de 2010
EL SUDATINTA
La gotita azul cayó. Estampó una minúscula estrellita sobre la hoja blanca. ¿Acaso era la tinta conque él escribía? Claro, eso no tendría nada de extraño.
Sus cuadernos, sus papeles, sus manos, su ropa, siempre estaban emborronados con esa misma tinta porque le encantaba escribir con la vieja pluma fuente de nuestro abuelo: una deteriorada ‘Parker “51” Superchrome’ con tapa de oro.
Escribía sin cansancio desconcertantes ficciones y hasta se alzó un par de premiazos, uno en España y otro en Cuba. Talentoso el broder, sí señor.
Mientras tanto, yo, desempleado inútil, vivo eternamente con las faltriqueras desnutridas.
Pero, pasado un tiempito, en otra oportunidad según me dijo el broder, la mentada gotita azul no había sido escupida por el punto de la pluma de oro. Dice que le brotó por los poros de la frente. Muerto de la risa me lo cuenta como la cosa más natural.
Hermanito, ¿qué te parece? ¡ sudo tinta ! Cómo no voy a sudar tinta si escribir es un trabajo de esclavo. No te preocupes, es posible que el relente de la noche mezclado con la tinta se me haya metido al cuerpo y yo la he sudado, pues.
Pero este fenómeno se repitió hasta tres veces en la misma semana, una de las cuales yo fui testigo ocular, como suelen decir en los periódicos.
Oye, ni se te ocurra contarle nada de esto a mi mamá. ¡Nada! Ya sabes lo nerviosa que es la vieja. Si se entera de esto le viene uno de esos patatuses que la descoyuntan....
De acuerdo, loco, soy tumba. Aunque sería mejor que comiences a escribir en la computadora
Ni me la nombres, coño.
De nada sirvió mi cómplice encubrimiento. Pocos días después, sus propias sábanas delatoras lo evidenciaron. El sudatinta ni cuenta se dio. Nuestra madre, al tender su cama, percibió en la tela blanca una constelación de corpúsculos azules.
Lo que pasa, mami, es que estaba escribiendo y me quedé dormido. Ese lapicero ha hecho de las suyas. Creo que la pluma del viejo está embrujada. Fíjate que con solo apoyarla sobre el papel la bandida se desliza como la copita de la ouija.
Adefesiero, le dijo mi vieja, carcajeándose.
Pasaron unos días.
Ocurrió en pleno almuerzo casero. De súbito, la frente del broder se perló íntegramente con los benditos puntitos azules. Mi madre pegó un alarido gutural. Estaba espantada. Entonces, se desbarrancó sobre el teléfono y consiguió cita en la clínica. Por supuesto, yo también fui con ellos. Transpirar tinta. Solo al broder puede ocurrírsele tamaño despropósito.
En la consulta, el doctor no dijo nada en limpio. Eso sí, lo atosigaron con inyectables, pastillitas y otros potingues. Luego, durante varios días, recorrió todos los consultorios dejando por todas partes su indeleble rastro azul. Aun así, ningún médico se tragaba lo del sudor hecho tinta. Un joven dermatólogo dijo algo sensato:
Si vuelve a ocurrir, tómele una muestra de la tinta... digo, de ese flujo azul. Le voy a dar un frasquito esterilizado. Un análisis nos sacará de dudas.
Una madrugada invernal, entresueños, presentí que alguien estaba al lado de mi cama. Encendí la lamparita y en efecto era el broder convertido en un auténtico calamar en su tinta azul.
Voy a buscar el frasquito para tomar la muestra. Siéntate, oye. Espera tranquilo...
Cinco de la mañana. Llegó la ambulancia y lo embutieron en uno de esos sacos impermeables para los interfectos, como suelen llamarlos en las crónicas policiales.
º º º
El broder seguía, sin parar, transpirando chorros de su peculiar sudor. En las próximas semanas, en forma inversamente proporcional al líquido que soltaba su cuerpo, iba perdiendo peso y estatura.
Durante este proceso de licuefacción, los médicos esgrimían variopintas y contradictorias opiniones. Que diaforesis o hiperdrosis. Que síndrome de secreción morbosa de humores acumulados por alguna intensa estimulación emocional. Que era consecuencia del consumo de antipiréticos, cafeína, morfina. Que probablemente por la ingestión de antisicóticos, simpatomiméticos... En fin, vaya usted a saber qué querrían decir con tanta jerga. Lo cierto, era que el flaco no tenía otra adicción que no fuese la de escribir, eso me constaba. O sea que las especulaciones médicas no pasaban de ser eso, pura y llana palabrería.
Durante el tiempo que duró este extraño caso las diligentes enfermeras de turno, día y noche, no paraban de achicar el líquido que inundaba cada vez más rápido la tina de plástico, donde yacía inconsciente lo que quedaba del enano broder. Sin embargo, se resistía a morir. Vivía, claro, pero en el cuerpo de un niño como de seis años. Algo inconcebible.
El broder, hecho tinta en su integridad, fue trasegado en enormes frascos. Solo eso quedaba de su otrora imponente corpachón.
•••
Hoy por la tarde, los rayos del sol poniente que se cuelan por entre las persianas del cuarto, el cristal de los recipientes de líquido azul que reverbera con esplendorosos destellos tornasolados.
Oscurece. Este caso clínico, indiscutiblemente trascenderá. Además, lo he venido escribiendo con la misma Parker “51” Superchrome del abuelo. Pero sobre todo, pasará a la inmortalidad porque está escrita con el exótico líquido azul que he birlado de a pocos. Lo extraño es que a lo largo de este escrito, la vieja pluma no ha chorreado ni una sola gotita del líquido.
Finalmente, saldré de la casta de los miserables. Ya estoy viéndome en la puja de la casa Christie’s o Sotheby’s.
» ¿Quién da más por este manuscrito de auténtico sudor azul? «
El broder esta por siempre
inmerso en su silenciosa tinta
Mas su espíritu de Fénix
remonto el vuelo al Parnaso
sin mojar una sola de sus plumas.
torintar
● ● ●
Sus cuadernos, sus papeles, sus manos, su ropa, siempre estaban emborronados con esa misma tinta porque le encantaba escribir con la vieja pluma fuente de nuestro abuelo: una deteriorada ‘Parker “51” Superchrome’ con tapa de oro.
Escribía sin cansancio desconcertantes ficciones y hasta se alzó un par de premiazos, uno en España y otro en Cuba. Talentoso el broder, sí señor.
Mientras tanto, yo, desempleado inútil, vivo eternamente con las faltriqueras desnutridas.
Pero, pasado un tiempito, en otra oportunidad según me dijo el broder, la mentada gotita azul no había sido escupida por el punto de la pluma de oro. Dice que le brotó por los poros de la frente. Muerto de la risa me lo cuenta como la cosa más natural.
Hermanito, ¿qué te parece? ¡ sudo tinta ! Cómo no voy a sudar tinta si escribir es un trabajo de esclavo. No te preocupes, es posible que el relente de la noche mezclado con la tinta se me haya metido al cuerpo y yo la he sudado, pues.
Pero este fenómeno se repitió hasta tres veces en la misma semana, una de las cuales yo fui testigo ocular, como suelen decir en los periódicos.
Oye, ni se te ocurra contarle nada de esto a mi mamá. ¡Nada! Ya sabes lo nerviosa que es la vieja. Si se entera de esto le viene uno de esos patatuses que la descoyuntan....
De acuerdo, loco, soy tumba. Aunque sería mejor que comiences a escribir en la computadora
Ni me la nombres, coño.
De nada sirvió mi cómplice encubrimiento. Pocos días después, sus propias sábanas delatoras lo evidenciaron. El sudatinta ni cuenta se dio. Nuestra madre, al tender su cama, percibió en la tela blanca una constelación de corpúsculos azules.
Lo que pasa, mami, es que estaba escribiendo y me quedé dormido. Ese lapicero ha hecho de las suyas. Creo que la pluma del viejo está embrujada. Fíjate que con solo apoyarla sobre el papel la bandida se desliza como la copita de la ouija.
Adefesiero, le dijo mi vieja, carcajeándose.
Pasaron unos días.
Ocurrió en pleno almuerzo casero. De súbito, la frente del broder se perló íntegramente con los benditos puntitos azules. Mi madre pegó un alarido gutural. Estaba espantada. Entonces, se desbarrancó sobre el teléfono y consiguió cita en la clínica. Por supuesto, yo también fui con ellos. Transpirar tinta. Solo al broder puede ocurrírsele tamaño despropósito.
En la consulta, el doctor no dijo nada en limpio. Eso sí, lo atosigaron con inyectables, pastillitas y otros potingues. Luego, durante varios días, recorrió todos los consultorios dejando por todas partes su indeleble rastro azul. Aun así, ningún médico se tragaba lo del sudor hecho tinta. Un joven dermatólogo dijo algo sensato:
Si vuelve a ocurrir, tómele una muestra de la tinta... digo, de ese flujo azul. Le voy a dar un frasquito esterilizado. Un análisis nos sacará de dudas.
Una madrugada invernal, entresueños, presentí que alguien estaba al lado de mi cama. Encendí la lamparita y en efecto era el broder convertido en un auténtico calamar en su tinta azul.
Voy a buscar el frasquito para tomar la muestra. Siéntate, oye. Espera tranquilo...
Cinco de la mañana. Llegó la ambulancia y lo embutieron en uno de esos sacos impermeables para los interfectos, como suelen llamarlos en las crónicas policiales.
º º º
El broder seguía, sin parar, transpirando chorros de su peculiar sudor. En las próximas semanas, en forma inversamente proporcional al líquido que soltaba su cuerpo, iba perdiendo peso y estatura.
Durante este proceso de licuefacción, los médicos esgrimían variopintas y contradictorias opiniones. Que diaforesis o hiperdrosis. Que síndrome de secreción morbosa de humores acumulados por alguna intensa estimulación emocional. Que era consecuencia del consumo de antipiréticos, cafeína, morfina. Que probablemente por la ingestión de antisicóticos, simpatomiméticos... En fin, vaya usted a saber qué querrían decir con tanta jerga. Lo cierto, era que el flaco no tenía otra adicción que no fuese la de escribir, eso me constaba. O sea que las especulaciones médicas no pasaban de ser eso, pura y llana palabrería.
Durante el tiempo que duró este extraño caso las diligentes enfermeras de turno, día y noche, no paraban de achicar el líquido que inundaba cada vez más rápido la tina de plástico, donde yacía inconsciente lo que quedaba del enano broder. Sin embargo, se resistía a morir. Vivía, claro, pero en el cuerpo de un niño como de seis años. Algo inconcebible.
El broder, hecho tinta en su integridad, fue trasegado en enormes frascos. Solo eso quedaba de su otrora imponente corpachón.
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Hoy por la tarde, los rayos del sol poniente que se cuelan por entre las persianas del cuarto, el cristal de los recipientes de líquido azul que reverbera con esplendorosos destellos tornasolados.
Oscurece. Este caso clínico, indiscutiblemente trascenderá. Además, lo he venido escribiendo con la misma Parker “51” Superchrome del abuelo. Pero sobre todo, pasará a la inmortalidad porque está escrita con el exótico líquido azul que he birlado de a pocos. Lo extraño es que a lo largo de este escrito, la vieja pluma no ha chorreado ni una sola gotita del líquido.
Finalmente, saldré de la casta de los miserables. Ya estoy viéndome en la puja de la casa Christie’s o Sotheby’s.
» ¿Quién da más por este manuscrito de auténtico sudor azul? «
El broder esta por siempre
inmerso en su silenciosa tinta
Mas su espíritu de Fénix
remonto el vuelo al Parnaso
sin mojar una sola de sus plumas.
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jueves, 15 de abril de 2010
PASEANDO POR EL PARQUE
Salí temprano del trabajo. La tardecita estaba muy bruja y aproveché para llevar de paseo a Warmi. Llegamos al parque. Como no podía ser de otra manera, mi perrita se puso a olfatear algún tesoro perruno en el césped. Estaba ejerciendo su derecho canino. La dejé estar a su entero placer. Warmi y yo nos situamos a la espalda de una banca donde platicaban dos ancianos. Mínimo, 80 años por cabeza. No, no acostumbro escuchar conversaciones ajenas. Pero en toda regla siempre cabe algún contrabando. Una vez oído lo que escuché, ipso facto decidí regresar a casa para reproducir al pie de la letra el diálogo de estos antiguos caballeros.
Tengo el alto honor de trascribirlo:
VIEJO 1 – ¡Eh…sssí, puesh! El mundo… como que ha cambiado…
(PAUSA LARGA)
VIEJO 2 – ¿Dónde?
VIEJO 1 – ¿Dónde qué?
VIEJO 2 – ¿Dónde el mundo ha cambiado?
(NUEVA PAUSA)
VIEJO 1 – ¡En el mundo! ¿Dónde va a ser?
VIEJO 2 – Ah… ¿también?
VIEJO 1 – ¿Cómo “también”? ¡¡¡Pero cómo que “también”!!!
VIEJO 2 – Claro, también.
VIEJO 1 – Pero don Maximiliano… ¿Dónde puede cambiar el mundo como no sea en el mundo? ¿Es que a usted se le ocurre otro sitio?
VIEJO 2 – Sí.
VIEJO 1 – Será, pues, en Marte o Venus…
VIEJO 2 – No. En mi casa, ¿o por qué cree que estoy ahora, aquí, con usted?
Ω
Tengo el alto honor de trascribirlo:
VIEJO 1 – ¡Eh…sssí, puesh! El mundo… como que ha cambiado…
(PAUSA LARGA)
VIEJO 2 – ¿Dónde?
VIEJO 1 – ¿Dónde qué?
VIEJO 2 – ¿Dónde el mundo ha cambiado?
(NUEVA PAUSA)
VIEJO 1 – ¡En el mundo! ¿Dónde va a ser?
VIEJO 2 – Ah… ¿también?
VIEJO 1 – ¿Cómo “también”? ¡¡¡Pero cómo que “también”!!!
VIEJO 2 – Claro, también.
VIEJO 1 – Pero don Maximiliano… ¿Dónde puede cambiar el mundo como no sea en el mundo? ¿Es que a usted se le ocurre otro sitio?
VIEJO 2 – Sí.
VIEJO 1 – Será, pues, en Marte o Venus…
VIEJO 2 – No. En mi casa, ¿o por qué cree que estoy ahora, aquí, con usted?
Ω
sábado, 10 de abril de 2010
CUENTO-SIN-CUENTA
NOTA INFORMATIVA
«Cuento–Sin–Cuenta» pretende reunir a todos los aficionados –sin excepción– a escribir cuentos. EXCLUSIVAMENTE CUENTOS. Para participar, solo basta solicitar las bases en la ventana <COMENTARIOS>. Para ello, debe incluir su nombre o seudónimo y su correo electrónico para recibir las informaciones necesarias. Gracias.
torintar
DON JUANITO CARIDAD
«Hoy en día la sociedad materialista y su incomprensible egoísmo conductual…
–Mami ¿a la salida me compras un helado?
–Cállate, en la iglesia no se habla…Y no te saques los mocos
«Hoy, que se ha perdido la sensibilidad para amar al prójimo como a sí mismo…
– Don Héctor, ¿qué le parece lo de los aranceles?
– ¡Hombre! A este paso ese senador nos va a arruinar…
«Hoy, que se ha olvidado aquella virtud que une a los hombres y los engrandece ante los ojos de su Divino Hacedor…
– Martha… ¿supiste que el marido de Claudia la abandonó?
– No me digas… pero qué barbaridad…! Era de esperarse. Seguro se largo con esa… con la amante.
«Hoy más que nunca, hermanos míos, que estamos reunidos en la casa de Dios, es imprescindible tomar consciencia de los valores sagrados que...
Como siempre aburrida, indiferente, la feligresía soportaba el sermón de la misa dominical. Pero no todos. En la última banca del templo, casi inadvertido, el humilde don Juanito sentía que cada pensamiento expresado por el cura lo hacía vibrar en lo más profundo de su sensibilidad. Hasta derramó unos lagrimones que le salaron la boca y le estrujaron el alma.
Esperó con ardiente paciencia para recibir la comunión. Apenas la hostia tocó su lengua, lo invadió una fuerza sobrenatural que vigorizó su espíritu y ensanchó a plenitud su corazón, para acoger a un desbordante sentimiento de amor al prójimo.
Terminada la misa, Juanito, exultante, marcó el paso hacia su vivienda siguiendo el compás de una alegre tonada que producía su propio silbido. Qué bien silbaba Juanito.
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Seis y media del lunes. Luego de una taza de té y un solo pan, Juanito llegó a su trabajo con más puntualidad que nunca. Exactamente a las siete y media salió el camión de reparto de la compañía distribuidora de una gaseosa de gran demanda. Juanito y un colega, cumplían la misión de bajar de ese camión las cajas contenedoras de botellas, apilar los envases en sendas carretillas para luego depositarlas en tiendas y supermercados.
A media jornada, antes de regresar a la embotelladora, el camión detuvo su marcha en el local de una pequeña bodega. Había que dejar solo un par de cajas, por lo que Juanito, siempre acomedido, se ofreció a cumplir con esa tarea. Cuando su carretilla cruzaba a la acera para ingresar a la tienda, se le acercó una andrajosa viejecita. Con ojos suplicantes, la menuda mujer musitó:
– Hijito, ¿quizás darías una gaseosita a esta pobre anciana con sed pero sin dinero para pagar?
Un relámpago de luz divina iluminó el corazón de Juanito. Había llegado el momento de poner en acción el propósito de su vida: amar al prójimo.
– Pero cómo no, abuelita… ¡no faltaba más!
De inmediato, Juanito destapó la botella y se la entregó a la mendicante. Con avidez nunca vista, ella secó la botellita de un solo trago. ¡Vaya, que estaba sedienta la pobrecita! – pensó don Juanito.
Ni siquiera pasó un instante y una bocanada de humo blanco y brillante, resplandeciente como un sol, envolvió a la anciana. La humareda, tal como vino, rápidamente se disipó. Juanito, estupefacto, no podía creerlo.
Al igual que los cuentos de su niñez, la que fuera una raída pordiosera, se había transformado en una joven angelical, una visión fulgurante, un ser del otro mundo.
– Gracias, amiguito. En realidad yo soy un hada buena. Tú has sido generoso conmigo. Pide un deseo y será concedido.
Terriblemente conturbado por este prodigio, sin poder hilvanar pensamiento alguno, Juanito hizo lo indecible para concentrarse. Los deseos se le venían a la mente sobreponiéndose vertiginosamente. El hada buena, rompió el embarazoso silencio:
– Eso sí, puedo concederte un solo deseo. ¡Solo uno! No te equivoques porque perderías esta oportunidad de oro.
Todo le daba vueltas al sombrado don Juanito. Primera vez en su vida que recibía tan increíble oferta. Entonces, tratando de serenarse, reflexionó, voy a pedirle algo que me permita favorecer a mi prójimo de por vida. Todo lo que deseo es ser un hombre con mucho dinero, con el fin de dedicarlo hasta el último centavo a los más necesitados…
– Querida hada buena, quiero ser el dueño de la empresa embotelladora para la que trabajo…
– Oye hombrecito, te pedí no equivocarte. Un verdadero empresario jamás hubiera regalado sus productos. Los empresarios “venden”, jamás regalan. Lo que una persona recibe sin haber trabajado, otra persona deberá haber trabajado para ello. ¿Me comprendes?
Don Juanito era una pan de Dios pero de tonto no tenía nada. Por ello se le vino a la mente una práctica común en el negocio. La conocía muy bien porque la había visto muchas veces durante sus quince años trabajando en la embotelladora.
– Pero sí, claro que eso lo sé. Lo mío fue un truco comercial, querida hada buena, una estrategia de marketing. Un muestreo, pura promoción publicitaria, pues…
– Segundo error. Un empresario jamás desperdicia su publicidad en un público objetivo anciano y sin dinero. Ese segmento pertenece a la clase D en la escala socioeconómica. Los viejos indigentes no consume nada.
– Lo siento mucho, pero te irías a la ruina, la embotelladora quebraría, tus obreros quedarían en la calle, familias sin pan….¡Oh, no!
– Pe…pero… yo podría…
– Como hada buena no puedo permitirlo… Sigue siendo una persona humilde y generosa y ganarás el cielo. Eso será mejor para todos… ¡Adiós buen hombre!
Y ¡blump! Una nube espesa y gris cubrió por completo a la mágica mujer y en el acto su figura se disolvió. Juanito, quedó mirando con desolación la botella vacía… ¿cómo podía pasarle algo así?
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Pasados unos segundos, don Juanito despertó de su estado letárgico. Entonces corrió, brincó, toreó los autos, tropezó con varios peatones, hasta llegar jadeando a la comisaría más cercana. Con la lengua afuera, se acercó a la mesa de partes y con furia desmedida, gritó:
– ¡Vengo a denunciar a una inmunda vieja que con el cuento del hada buena me robó una gaseosa!
Los policías se miraron conteniendo la risa. Uno de ellos, se llevo el dedo índice a la sien para hacer la inequívoca señal que todos conocemos.
Ω
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- Sábado, 10 de abril, 2010
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