miércoles, 28 de abril de 2010

RIKPIK

Rikpik es hijo y discípulo de la calle. En ella fue parido. Ahí vive y mora. Tiene una muy particular perspectiva sobre su existencia. Discurre y obra siempre acorde a sus principios perceptivos y olfativos. En esencia, se trata de un ser sui géneris. Imprevisible.


En uno de sus raptos de inspiración, de un solo salto traspuso la tapia que circunda el jardín de una suntuosa mansión. Rikpik tiene hambre. Y cuando ese hueco feral muerde su barriga todo lo demás carece de importancia. Posee una conciencia suficientemente dúctil para no alojar miedos ni remordimientos.
Echó una mirada panorámica para abarcar el inmenso parterre donde se encontraba. Entre los múltiples “senderos que se bifurcan”, vio unas matas tupidas. Y, como su corpachón también traía un calor insoportable, antes que nada le provocó refrescarse. Sin más trámites, se tendió bajo espesura de las frondas.
De súbito, presintió que alguien se acercaba. No se equivocó. Una niña como de seis años se aproximó con curiosidad. Se detuvo, perpleja. Estrechó a su muñeca con todas sus fuerzas. La defenderla de todo peligro. Después de unos segundos de vacilación, la pequeña preguntó.

– ¿De quién son esas piernas?
Rikpik sopesó la capacidad de riesgo que representaba la minúscula intrusa. Luego de un silencio, empleó su sabiduría callejera. Tomar la iniciativa. Al igual que en las peleas, el golpe madrugador define la victoria. Ese era su lema fundamental.
– ¿Y se puede saber quién eres tú?
– ¿Esas piernitas peludas son tuyas?
– Claro, de quién más van a ser.
– ¿Y que haces aquí?
– ¿Yo?... pues, acordarme de mi abuela.
– ¿De tu abuelita? ¿Y dónde está tu abuelita?
– Dónde ha de estar, pues. En su palacio.
– ¿Y por qué estás echado ahí?
– ¿No te has dado cuenta que estoy muy cansado?
– ¿Sí? ¿Te duelen las piernecitas?
– Vaya que me duelen. Estoy rendido.

En el enorme azul de los ojos de la pequeña se vislumbró una hermosa compasión. Pero, de inmediato, recordó las instrucciones de su mamá. No podía hablar con nadie sin haber sido presentada. Observando la mayor cortesía le extendió la mano:

– Permítame que me presente. Mi nombre es Úrsula, mucho gusto.
La enorme y callosa mano de Rikpik devoró en un puñado esa delicada manecita.
– Ahora deseo presentarte a mi hijita. Se llama Titina – le acercó su muñeca– No le tengas miedo, ella no es de carne…
– ¿De veras? ¿Estás segura?
– Mírala, pobrecita. Titina tiene una herida en su bracito. Si quieres jugar al médico puedes curarla…
– Dámela, vamos a ver qué tratamiento le damos.

Rikpik fingió examinar a la muñeca. Pero, en realidad, estaba acechando de reojo a la pequeña Úrsula. No. No llevaba ni pulsera, ni aretes, ni prendedores. Sus zapatos y sus botitas lucían nuevas. Pero no valían gran cosa.

Se escucharon algunas voces a la distancia. Rikpik soltó la muñeca y con cierta inquietud miró hacia la casa:
– ¿Quién anda por ahí?
– No es aquí. Es en la casa del vecino. Mi papá y mi mamá se han ido de visita.
– ¿Sí? ¿Y tu niñera?
– Ella me ha dicho que me porte bien, que no demora en regresar. Es que tenía que hablar con su militar.
– ¿Qué militar?
– El suyo.
– ¿Su novio? ¿un policía?
– ¡No, no, su militar!

La niña quedó un momento en silencio. Luego, imitando los atildados modales de los mayores, comentó.

– Mi mamá se alegrará un horror de conocerte… La esperarás, ¿verdad?
– Veremos…
– ¿Por qué no jugamos algo mientras llega?
– Y a qué hora llegará
– Bueno… creo que a las seis o siete. Mientras tanto ¿le gustaría jugar conmigo? Podemos jugar al escondite, a los ladrones y policías, a la comidita…
– ¡Sí, la comida! ¡Ese juego sí me gusta!
– Claro que sí. Las señoras educadas deben servirle algún manjar a sus invitados.
Qué bien le cayó la palabra manjar a Rikpik. Los jugos gástricos comenzaron a ejercer su función a toda mecha.
– Ven, acompáñame…
Y la chica lo llevó de la mano hasta una cabañita, junto al muro que colindaba con la calle. Un solo ambiente, dispuesto como un rústico comedor. Lo hizo sentarse a la mesa, le puso cubiertos, servilletas y un plato vacío.
– Sírvete con confianza, amigo mío…
Luego Úrsula tomó asiento al frente de él. Muy atildada, apoyó la mejilla en su manita, para continuar con la cháchara:
– Sabrás perdonarme, pero estas cocineras son una calamidad. Si notas que la carne se ha quemado tendré que echar a esa inútil.
Al comprobar que el invitado se quedaba inmóvil mirando el plato, Úrsula reclamó:
– ¡Pero es que no sabes jugar! Tú deberías responderme: «Pero señora, si la carne está exquisita, no se preocupe».
– Aquí no veo ninguna carne con papitas…
– Y eso qué importa, sonso… ¿acaso no estamos jugando?
– ¡Ah, no, yo no acostumbro jugar así! Mis amiguitas siempre me sirven algo exquisito. Algo de verdad…que se pueda masticar.
– Ah, bueno… Veré qué hay en la alacena. Voy a buscar.
Úrsula pensaba que este hombre era muy raro. De seguro nunca le habían enseñado a jugar como los niños. Arrastró su silla hasta la alacena, se empinó sobre el asiento y dio una mirada.
– Lo siento mucho, amigo. No hay ningún dulce. Ni chocolates ni pastelitos. Solo una empanada, un pollo, un tamal. También hay huevos duros y algunos panes. Nada rico.
– No importa, a falta de otra cosa todo viene bien. La chica sirvió todo en una fuente y la puso al centro de la mesa.
– Sírvase con confianza. No gaste ceremonias, y si encuentra algo que…
Ante la atónita mirada de la chiquilla, Rikpik, con voracidad de oso hambriento, dio cuenta de todo. No dejó ni la grasa. Porque hasta lambrusqueó el plato. Lo dejó como recién lavado. Úrsula, volvió a interpretar su papel de anfitriona:
– ¿Ha quedado usted satisfecho, buen amigo?
– Bueno, más o menos. Dime, señora: ¿habría algo de beber?
– Ah… ahora tiene sed. No, no hay refrescos. Si desea te puedo traer un vaso de agua… Pero antes, permítame que le limpie su boquita, está llena de grasa y con pedacitos de comida.
Con toda la delicadeza del mundo, la niña tomó una servilleta y procedió a limpiarle la boca, casi con ternura.
– Listo, ahora veré si encuentro algo para tu sed.
La chica abrió la puerta de una alacena y sacó una botella de whisky.
– Qué pena, solo hay licor, no creo que esto le calme la sed.
– Venga la botella, a mí todo me quita la sed.
Rikpik colmó la copa hasta el rebalse y de un solo trago se zampó el íntegro del escocés. Exhaló un ventarrón inmoderado. Descerrajó a bocajarro un estruendoso eructo. Con el adecuado disimulo que otorga la educación, Úrsula no dio señal de incomodidad alguna. Pero ahí no quedó el asunto, Rikpik, cogiendo, una vez más la botella, le dijo:
– Con el permiso de usted, señora, voy a echarme otra copita
Úrsula se reafirmó en su idea. Este señor no sabe las reglas del juego de las visitas. Supuso que lo indicado sería irle enseñando de a pocos.
– ¿No sabes jugar? Mira, tú deberías esperar a que yo te invite: «¿Desea otra copita? No se niegue, por favor. Estamos en confianza. Mientras que usted calma su sed, voy a servirle otra exquisitez…»
Cuando la niña fue a buscar un plato adicional, Rikpik se embuchó la copa y de paso se birló el tenedor y el cuchillo. Buen ojo, eran de plata maciza.

– Oye amigo, quizás quieres jugar a otra cosa más entretenida.
– ¿A qué?
– ¡ A los ladrones ¡
Con esta propuesta se le cortó el aliento a Rikpik. Parece que esta enana me ha descubierto, presintió. Semejante juego con una niñita sería una profanación a la dignidad de su oficio.
– ¿Y cómo se juega a eso?
– Facilito. Tú serás el ladrón. Cuando me ataques te gritaré, Llévate el dinero y las alhajas, pero por caridad no mates a Titina.
– ¿A qué Titina?
– A mi hijita, mi muñeca, pues…
– Bueno, bueno. Escóndete. Pero antes tienes que ponerte una sortija y un prendedor. Cualquier joyita…
– ¿Para qué?
– ¡Cómo! ¿No ves que soy el ladrón? Para quitártelos.
– No seas así. Aunque yo no tenga nada tú haces como que me los quitas.
– No, yo no puedo jugar así.
– ¡Jesús, que tonto eres! Bueno, espera un ratito. Voy al cuarto de mi mamá para sacar las joyas.
– Si hay unos aretes también te los pones.
– Puede ser, ya vengo. Pero… quizás, amigo mío, desearías que te sirva algo más…
– No. Ya estoy repleto. He tragado como un animal.
– ¡Por Dios! Deberías contestar, Le agradezco infinitamente, pero me encuentro más que satisfecho.
Úrsula fue a buscar los objetos para el juego del ladrón. Mientras caminaba hacia la casa, en voz baja le susurró a su muñeca:
– Ay, Titina, qué señor más extraño. Espero que cuando crezcas no sigas su mal ejemplo.

Pasó un tiempo. Fue un mediodía de un día cualquiera. Rikpik pasó cerca a un parque. Le provocó derrumbarse bajo de un árbol. Una siestita no le vendría nada mal. Y lo hizo tal como lo pensó. Quedó dormido como roca.
Al abrir los ojos, el lugar estaba lleno de niños, acompañados de sus amas con uniformes impecables. Rikpic había dormido casi cuatro horas. Aturdido, miró el ambiente. Se rascó la pelambrera, sacudiéndose la grama seca. No muy lejos, vio a una niñera absorta en la lectura de una revista. Algunos pasos más allá dos niñitas, como de tres o cuatro años, jugaban con unas bolitas de colores. Sobre el césped, yacía una linda muñeca, Era más grande que las niñas. Reptó con sigilo, hasta apercollar la gran muñeca. Luego, con toda tranquilidad del mundo, Rikpik se hizo humo. Nadie lo vio.
Esa misma tarde, cuando el crepúsculo dominaba el cielo, Rikpik escribió en un enorme papel:
«Señorita Úrsula, te regalo como recuerdo mío esta muñequita para que juegue con tu hijita, la Titina. Te recordaré siempre con mucho cariño y si me he llevado algunas cositas, de tu casa, por favor perdóname. Las necesitaba. Que seas muy feliz. Tu amigo, El Ladrón».
Fijó el papel con un imperdible en la faldita de la muñeca. Y, con sumo cuidado, la deslizó por encima del muro que flanquea el jardín de Úrsula.

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