domingo, 1 de agosto de 2010

LUNA NUEVA

Estamos en Primavera y la noche está muy tierna.

Un fervoroso calorcito invade todo el generoso cuerpo de la viuda millonaria.
Ella, con sus 45 años de edad, está tendida sobre el edredón de la mullida cama en su espléndida habitación. Como única prenda, lleva un tenue baby-doll… Tiene toda la piel perlada con una pátina brillante de transpiración.

Las amplias ventanas de su alcoba se abren de par en par hacia un extenso jardín, suntuoso en su verdor. La radiante luz de la luna nueva invade todo su dormitorio.
La dama cierra los ojos mientras se acaricia lentamente su mórbido cuerpo. Así, inmersa en ese cálido sopor, siente que levita en otra dimensión.

De súbito, presiente una sombra que se perfila a contraluz en el ventanal. Abre los ojos un poco alarmada y aprecia con nitidez la imponente figura de un poderoso mulato. Su cuerpo desnudo parece una talla de madera preciosa. La viuda admira su varonil vigor en cada uno de sus músculos que destellan chispas propiciadas por la luz lunar. El mancebo está inmóvil, tal como el David de Miguel Ángel.

Cuando menos lo espera, el apuesto mulato, pega un salto felino y entra a la habitación. Se acerca a la señora y la carga como una pluma y la transporta al jardín.

Bajo la fronda de un enorme árbol, con suma delicadeza el doncel deposita suavemente a la dama sobre la alfombra verde del lujurioso césped.
La viuda, entre temerosa y fascinada, le pregunta:

– Pero…pero… ¿qué me va a hacer usted, señor?

El apuesto mulato da un paso atrás. Duda. Se le descompone el rostro. Y finalmente, muy sorprendido, le dice:

– ¡Ah! ¡Eso sí que no lo sé! Total, madame, su Excelencia debe decidirlo, porque es usted la que esta soñando… ¿no?

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